Hubo una vez, en un lejano universo, un dios bueno y un dios malo. El dios bueno sembraba estrellas en los espacios, planetas y galaxias, y en todas ellas, mares, ríos, montañas, desiertos, árboles y flores, seres y esencias, placeres divinos y sonrisas. Todo germinaba hacia los cielos.
El dios malo se enfurecía con todo aquello y gruñía perversos sonidos de destrucción. Un día, el dios malo lanzó sus sombras contra la luz, tristezas sobre alegrías, sus huestes de dolor contra gozos divinos.
Los mundos entenebrecían.
Y morían árboles y las flores, languidecía el amor y las sonrisas; las luces titilaban. El dios bueno se afanaba por hacer germinar hermosas plantas, iluminar con nuevos arco iris, por hacer cantar el agua entre las peñas, pero también todo esto moría a causa de tanto mal. Los mares se secaban, los animales se combatían, los hombres se mataban, los planetas temblaban.
Y el dios bueno lloraba y el dios malo reía. Morían los planetas, las estrellas se apagaban y las galaxias se despeñaban en vacíos.
El dios bueno sufría y el dios malo reía de las heridas que en el alma aquel sufría acosado por tanto mal que a sus mundos afligía.
Desolado, el dios bueno se alejo para siempre de aquel universo.
Y así, destruyendo lo creado, el dios malo quedó con sus huestes victorioso, mas, su maldad es tanta, que a sus propias huestes destruyó.
Quedó solo, reinando con su sombra, un negro espacio vacío.
La Biblia expresa claramente cómo ve Dios el robo: “Yo, Jehová, amo el derecho, odio el robo junto con la injusticia” (Isaías 61:8). Jehová inspiró al profeta Ezequiel a escribir que el robo es un pecado muy grave (Ezequiel 18:18). Sin embargo, el mismo libro bíblico dice que Dios perdonará misericordiosamente al que se arrepienta y devuelva lo que hurtó (Ezequiel 33:14-16).
A pesar de que los cristianos viven en un mundo lleno de criminalidad, se regocijan en la esperanza de vivir bajo el Reino de Dios, cuando ya no exista el robo. Respecto a ese tiempo la Biblia promete: “[Los siervos de Dios] realmente se sentarán, cada uno debajo de su vid y debajo de su higuera, y no habrá nadie que los haga temblar; porque la boca misma de Jehová de los ejércitos lo ha hablado” (Miqueas 4:4).
Los que estamos acostumbrados a morir
en lo profundo de las oscuridades,
los que permanecemos bajo falsos soles
simulando estar vivos a la sombra de nuestros cuerpos,
desde el fondo del dolor a ti clamamos.
Líbranos de tantas tinieblas siniestras
que nos acosan con sus jaurías tentadoras;
sálvanos de las sonrisas engañosas
que buscan nuestro corazón ansioso
para destrozarlo en dolor y llanto;
apártanos de vanas ilusiones fatales
que danzan frenéticos ensueños irreales,
ilumina los espacios vacíos
de nuestras vidas agobiadas.
A ti clamamos los que en tantos ciclos
aún estamos sujetos a la historia,
a ti suplicamos doloridos
los que morimos diariamente
sin la gloria de alcanzarte.
Desciende Redentor hasta nosotros,
alza tu viva llama, ilumina el camino
de nuestras vidas en el cieno moribundas,
rompe nuestras soledades, álzanos del vacío
eleva en nuestros pechos cánticos de luces,
y en tus sagrados fuegos inmortales
redímenos Señor, redímenos,
aléjanos de la muerte eterna.
Como el pájaro que del cielo cae herido
de muerte por el fulminante rayo,
así la soberbia alma que al cielo ignora
va a profundo abismo en fatal caída.
¿No te importa?.
En las sombras en que a prisa va perdida
siempre en lo alto una luz piadosa brilla
para que al cielo alzando su mirada
suplique el alma con dolor arrepentida.
¿No te importa?.
Y en la tierra hay voces que a ella llegan
mas, confundida en rudas ilusiones
apozadas en la mente y su materia,
no las oye, y las luces pronto niega.
¿No te importa?.
Y aunque clame y se agite su conciencia,
y se rebele y llore y se lastime
aquella alma no se apiada de sí misma
y se destruye.
¿No te importa?.
Atraída por tantas luces de oropeles,
por falsedades que aparecen tan normales,
rechaza el alma dormida la luz de realidades,
se alza airada, soberbia, se violenta y apedrea
a quien su yerro muestra y su caída.
¿No te importa?.
Y así, esta alma enceguecida,
que no escucha,
que no siente la súplica del cielo que la llama,
creyendo que está libre,
por sí misma se condena.
¿No te importa?
No turba la quietud profunda
que en la noche magnífica reposa
más que la soledad del alma moribunda
que en sus espacios lóbregos solloza.
¿Qué plegaria es esa que al oído llega?
¿Por qué están todos tristes escuchando?
¿Por qué de llanto el alma se me anega?:
parece que la noche está llorando.
Es viernes, es Viernes Santo
noche triste de dolor y llantos
sólo pesar profundo al alma inunda
por tu agonía Jesús y tu quebranto.
Cristo ensangrentado, golpeado, vejado y denigrado por el hombre, a pesar de sus dolores, guardaba su amor inmenso hacia toda esta humanidad que, haciendo caso omiso de su sacrificio, sigue el camino del desenfreno, del pecado y la lujuria y todas aquellas cosas que son indignas de los hijos de Dios. Debemos amar y agradecer a aquel que, prendido en un madero, dio hasta su última gota de sangre para salvar a esta humanidad indolente.
Por esto, los hijos de Dios que amamos a este ser, recordando su acto redentor, estamos reunidos para amarle, adorarle y agradecer su sacrificio que hiciera por nosotros. Aunemos nuestras almas para rendir honor a nuestro Salvador y presentémosle un espíritu agradecido lleno de amor para demostrar nuestra gratitud por su sacrificio.
En estos días en que el tiempo es corto, debemos sentir el deseo de buscar la dulzura, la buena compañía de ese ser inolvidable, maravilloso que está prendido a nuestros corazones para darnos la fuerza para seguir adelante entre tanta miseria y maldad. Hoy, dejando atrás las cosas horrendas del mundo, ofrezcamos nuestro corazón a Él, recogiendo nuestra alma dentro de nuestro ser, y allí, en nuestra profunda intimidad, elevemos un altar para el agrado de Dios.
Pidamos su asistencia, cantemos alabanzas y regocijémonos con su resurrección. Disfrutemos de la unidad espiritual y sigamos el consejo de Cristo “Amaos los unos a los otros como a vosotros mismos”.
Muchos tenemos el gran privilegio de ser cristianos cumpliendo con el propósito de Dios de seguir a su Hijo Jesús; debemos por lo tanto, estando en tan excelso cuidado, dignificar este llamamiento recibido por gracia.
Todos deberíamos ser ejemplos de luz para aquellos ciegos que buscan una mano en la oscuridad de sus vidas. Sabemos que debemos hacer grandes sacrificios para poder vencer al enemigo invisible que nos asecha a cada instante haciéndonos tropezar en las vicisitudes de la vida cotidiana, haciéndonos dudar y haciéndonos errar. Mas, así como cada día un cristiano cae y se levanta, otro está en pie esforzándose por captar aquellas almas que quieran comer del pan de la sabiduría y nutrir con él su espíritu para ir en ayuda de aquellos que los necesitan. La palabra de Dios no calla.
Tened paciencia y perseverancia en el trabajo interno donde la lucha es ardua y cruel y donde constantemente salimos heridos con la agresión de nuestros defectos. Todos sabemos que la más dura batalla se da dentro de nosotros mismos y que al salir victoriosos nos hace ganar un lugar privilegiado que, aunque a costa de sacrificios, vale la pena realizar; no decaigamos, amemos con más fuerza al prójimo, abramos el entendimiento a la comprensión de todos los seres, y que nuestra conducta sea el espejo de nuestra alma.
Debemos ser unidos como hermanos y confiar unos en otros para que nuestro Padre vea con complacencia que hemos aprendido sus enseñanzas. Descubramos dentro de nosotros la sabiduría infinita y lograremos la felicidad, la tranquilidad y los beneficios que nuestro amado nos otorga día a día sin pedir nada a cambio. Aprendamos, hermanos a amar la naturaleza, a cuidad a todos los seres animales, vegetales y humanos, sin dañar jamás ni con el pensamiento a ninguno de ellos.
Pidamos la bendición a nuestro Padre para que seamos merecedores de estar algún día a su lado.
En las embravecidas aguas de la vida nos golpeamos con fiereza en nuestras rebeldías y nuestros pecados, mas, ¡qué hermosa oportunidad de salvación nos entrega la palabra llena de amor de nuestro querido maestro Jesús! Caminemos pues por la senda del amor para poder llegar a la presencia del Padre donde nos espera la felicidad eterna.
En nuestras mentes humanas no logramos ver el amor y la conmiseración de Él hacia nosotros ni podemos vislumbrar lo que Él nos tiene preparado si llegamos a la meta señalada, si ponemos nuestra meta en la oración, no dejando entrar al enemigo. Jesús estará allí invitándonos, haciéndonos sentir su gran amor y misericordia y enseñándonos a librar batallas espirituales en las cuales debemos ser vencedores para purificarnos y preservarnos como dignos hijos de Él.
Como la mariposa debemos salir de nuestro capullo dejando atrás los egos y defectos que nos envolvían y detenían en nuestro avance espiritual. Despleguemos nuestras alas, prodiguemos nuestro colorido espíritu al Padre, alcemos el vuelo de la libertad, busquemos las flores de la espiritualidad y libemos con agrado su dulce néctar. Así estaremos seguros para siempre.
Debemos seguir perfeccionándonos cada vez más, pues son muchos los escalones que nos faltan. Subamos, siempre subamos. No desmayemos ante la adversidad ni los ataques del enemigo. No nos contaminemos, no volvamos al capullo. Los ángeles estarán siempre prontos ayudándonos en las dificultades. Ellos esperan mucho de nosotros. Están ansiosos de que despertemos de nuestra dormidera intelectual para que podamos escucharlos y verlos para compartir las alabanzas al creador y gozarse con nosotros, con nuestro progreso espiritual. Hagamos un templo en nuestro ser, ofrendemos a Dios todo aquello que nazca del corazón, ya sea una sonrisa, una palabra de aliento una mano amiga dada en un momento oportuno. Encendamos nuestro fuego como incienso ardiente y amoroso que llena nuestros corazones. Honrémosle con nuestra oración, agradeciéndole con nuestra pulcra presencia. Invitémosle a compartir nuestra cena espiritual cuando oremos con fervor. Tengámosle siempre presente en todo acto, para que ninguna entidad malévola pueda poseernos.
En los caminos de Jerusalén en donde Jesús predicaba sus palabras como semillas echadas al viento, la multitud escuchaba extasiada la clara y sabia voz del maestro. ¿En cuantas almas cayó la semilla? ¿En cuántos corazones se plasmó la idea de amar a Dios? ¿En cuántos seres hubo confianza en lo predicado? Es aquí donde debemos analizar el fruto sembrado por el Señor. Cuando en los palacios se hartaban de todo, la gente humilde apenas si tenía para el sustento diario. En aquellos tiempos la vida era esforzada y difícil, se debía trabajar duramente para conseguir lo más primario para subsistir. En esas almas rudas, de poco discernimiento, cayó la semilla. Si miramos a la humanidad de hoy día ¿qué comparación podemos hacer con el pasado? El hombre sacia su apetito físico y se hambrea espiritualmente. Es pues, ahí donde el enemigo entra sin problemas llenando los espacios de la indiferencia a lo espiritual provocando vergüenza y escarnio para aquel que practica el amor a Dios.
Muchos justos serán perseguidos por amar a Dios, pero muchos serán ensalzados por adorar a Satanás. Estos, con malas artes, invaden al mundo y hacen sollozar a las madres doloridas al ver la perdición de sus hijos en la droga, el alcoholismo y el homosexualismo. Aquí, con clara conciencia, vemos los estragos hechos por la oscuridad. La conciencia está tapiada, no hay nada de valor para aprender. La corrupción ha llegado a todas partes y ya es hora de la limpieza final. Celebremos pues la venida de nuestro Padre que nos invita a seguirle; démosle la bienvenida en este día donde cada uno de nosotros abre su templo corazón para dejar entrar en él la única luz verdadera que es nuestro Padre Celestial y su Divino Hijo Jesús.
Que gran gozo nos da constatar que día a día el mundo cristiano cumple con el mandato divino de nuestro maestro Jesús al rescatar las almas que vagan extraviadas, que gran gozo hay en tantos corazones que presienten la aprobación de las alturas por haber cumplido y estar cumpliendo satisfactoriamente con lo mandado por Dios. Todos reunidos formamos una gran luz de armonía en la cual estamos unidos por la fe, el amor y por los deseos inmensos de servir a nuestro Padre a como dé lugar.
Estamos aquí para servir al Padre y para adorar al Hijo quien con su ejemplo, nos abre las puertas maravillosas de esa entrada tan hermosa que es el santo plano donde el habita. Quisiera poder expresar el gozo inmenso que siente el alma al formar parte de esos millones de seres de buena voluntad que siguen a Dios. Es testimonio frecuente la tremenda ayuda, el tremendo amor y la inmensa esperanza que se recibe cuando servimos a Dios. Este servicio a Dios incluye la práctica de la humildad, el anhelo de alcanzar la sabiduría, y hacer práctico el amor al prójimo. Debemos ser sabios. Debemos ser prudentes, debemos ser hacendosos y pudorosos. Y en la parte material, ser cautos, no botar bienes en superfluidades las cuales sólo nos traen el aumento de la vanidad y el orgullo en aquellas cosas que no sirven a veces para nada y que las adquirimos por capricho de almacenar bienes que no podremos utilizar ni disfrutar, pues son cosas a veces que quedan olvidadas en un rincón donde ocupan un espacio material solamente y que no pasan más allá de ser cosas.
Debemos ser prudentes en utilizar las cosas indispensables como el agua, la luz, el gas y todo aquello que nos da bienestar o que nos sirven diariamente a nuestro vivir mejor. Recordemos que si despilfarramos lo que tanto necesitaremos mas adelante no lo tendremos después. Debemos ser prudentes con el uso del agua, pensemos y hagamos conciencia de los litros y litros de agua que escapan y se pierden por el mal manejo de las llaves, de los interruptores, también de la luz y gas, que dejamos encendidos horas y horas innecesariamente. Luego podemos escasear de estas cosas y arrepentirnos, por nuestro descuido y desgano al no poner en práctica la prudencia en la utilización de las cosas que nos benefician.También debemos preocuparnos de nuestra apariencia, debemos estar siempre pulcros, ordenados, muy bien olientes, como también muy bien dispuestos a tener una sonrisa a flor de labios y muy buena disposición para escuchar a aquellos afligidos que se nos acerquen.
Debemos presentarnos como antes lo hacia Jesús ante sus discípulos, el vestía de lino blanco, y pulcra limpieza. Esta limpieza que presentamos a los ojos de Dios representa la limpieza espiritual que debemos todos tener para poder ser utilizados y asistidos por la maestría y quienes nos guían. Debemos tomar una postura solemne en nuestras ceremonias, debemos estar atentos y diligentes con las acciones y las enseñanzas, siempre presentando el interés necesario que demostrará a nuestro guía que no ha errado de grupo, pues su enseñanza es bien adquirida por las personas que asisten a esos centros de enseñanza espiritual. Debemos estar vigilantes pues el tiempo esta cercano; no debemos temer. Debemos estar alegres y seguros, debemos formar parte del mundo cristiano con amor pensando el tremendo privilegio en formar parte de el. Comencemos a tomar conciencia y pidamos a Dios iluminación, intuición, discernimiento y las visiones necesarias para que sean guía en estos días del último tiempo. Con gran amor, insto a orar, orar y orar, para que cuando estemos solos sintamos la presencia de sus ángeles y maestros y no tengamos amarguras ni dolor en sus vidas. Con amoroso afecto les dejo estas palabras en el nombre de nuestro amado Jesús.
Embriagado en torbellinos de deseos
mientras cegado a tientas a prisa caía
de rosadas ilusiones a vanas quimeras
en desesperado intento me buscabas
Como mar embravecido mis furias internas
tus desesperados lamentos rechazaba,
crispadas mis manos me alejaba.
sin jamás escuchar tu triste ruego.
Alma me llamo, soy toda tuya,
mas me ignoras de ansias
embriagado en ardientes extravíos de deseos,
tu alma soy, mas no me conoces.
tu alma soy mas no me llamas
tu alma soy mas no me buscas
prisionero cual estás de tantas ilusiones.