Ley Humana y Ley Divina

La ley humana alcanza a ciertas faltas y las castiga; el condenado sufre las consecuencias de lo que ha hecho. Pero la ley humana aunque, abarca todo delito, por leve que sea, no puede aplicarse, en la práctica, a todas las faltas; castiga más especialmente aquellas que causan notorio daño y perjuicio a la sociedad o a las personas y no las que por su levedad no causan sino levísimo malestar o incomodidad, no meritables de acudir a la justicia. Nadie iría a los tribunales por que alguien le robó unos cigarrillos en la oficina. Aparte es el hecho de que muchos transgresores que burlan la ley quedan impunes.

Pero Dios no deja impune ningún desvío de su norma, pues quiere que todos progresemos, de tal forma que no existe ninguna falta, por ligera que sea, que no tenga su consecuencia inevitable, y mas o menos desagradable para el culpable. Tanto en las cosas pequeñas como en las grandes el hombre siempre es y será castigado. Nadie queda o quedará impune. Los sufrimientos, que son consecuencia del pecado, de la falta a la ley divina, le muestran a la persona con conciencia que ha obrado mal, le hacen sentir la diferencia entre el bien y el mal y la necesidad de mejoramiento espiritual para lo cual le vale y puede servirse, de su experiencia pasada para evitar en lo sucesivo motivos de nuevas aflicciones. El arrepentimiento y la contrición son absolutamente imprescindibles para purgar la falta. El dolor moral por haber ofendido a Dios le vale para corregirse ya que no pudo progresar por el placer de la obra de Dios y por el goce de su Divinidad.

Ramatis Zand

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