El rey miró tristemente al ministro del Orden.
—Sé que amas aún a los que trasgreden, pero en este reino no hay sitio para ellos— dijo el ministro.
—Han trasgredido el orden y por consiguiente la maldad se expande rápidamente. Cada quien hace lo que quiere y en ello se ensoberbecen y cada vez el daño es mayor— dijo el señor de la Virtud.
—Todo debe tener un orden— exclamó un príncipe. —El resto de tus súbditos están viviendo en la desdicha a causa de esos trasgresores.
—No hay lugar aquí para ellos— exclamaban muchos—Debe haber un límite.
—Merecen morir— dijo un sabio — Sus muertes serían justas, porque no tienen derecho a vivir en un reino feliz.
El rey levantó su cabeza, y miró a todos.
—Hagamos un nuevo reino para ellos— dijo clemente el rey —Que se gobiernen y aprendan el orden por si mismos. Ustedes, desciendan a los lugares bajos y creen para ellos sitios placenteros y abundantes en alimentos para que no sufran en nada por nuestra causa. Y que vayan mensajeros para que no nos olviden, pues muchos podrían regresar a nosotros.
Y así se hizo.
Pasaron algunos años y el caos aumentaba en la región que había sido creada para los trasgresores.
Algunos pocos trataban de ordenar y de regresar al Reino, pero la maldad cundía y muchos sufrían. También los que trasgredían sufrían, sin comprender la causa verdadera de su dolor.
Entonces algunos dijeron: ¿Qué es esta maldad, qué es este desorden? ¿De dónde viene? ¿Por qué el Rey nos hace esto injustamente?
—El es el culpable de nuestros males— gritaron.
Y el desorden y la maldad continuaron.
Hubo sobre ese reino un triste silencio que nadie advirtió.
Ramatis Zand
