¿Qué es la humildad?

La virtud de la humildad ayuda a la persona a dominar el apetito desordenado de la propia excelencia y, por lo tanto, crea en parte, un ambiente adecuado para la convivencia entre personas. Sin embargo, nuestra descripción operativa que habla de esto, parece contrario a la negación de uno mismo. No es así, porque no sólo existe el vicio de la soberbia frente a la humildad, sino también el vicio que supone la desordenada abdicación del propio honor y fama. Por eso parece claro que para ser humilde, hace falta ser realista, conociéndose a si mismo tal como uno es.

De todas formas, convendría reflexionar sobre las consecuencias de haberse considerado con realismo. Siempre encontraremos cosas en nuestro propio ser que no nos gustan, capacidades que no estamos aprovechando o cualidades que no estamos desarrollando. La verdad es que si uno empieza a considerarse seriamente, se percata de que vale muy poco. En esta situación, lo lógico podría ser aceptar la situación e intentar luchar para superarse, aunque generalmente, algunas personas se refugian en la soberbia, destacando lo que poseen, o lo que hacen mejor que los demás, para justificar su presencia en la vida social. En este sentido la virtud de la humildad recobra su valor más pleno, cuando la persona se considera en relación con Dios, porque así, sus insuficiencias son compensadas por la grandeza del Hijo de Dios.

Humildad es mirarnos como somos, sin paliativos, con la verdad. Y al comprender que apenas valemos algo, nos abrimos a la grandeza de Dios;”Ésta es nuestra grandeza”. La justa medida de la realidad del hombre, no viene por su relación con otros hombres, sino, ante todo, por su relación con el Creador. Lo mismo sucede con la soberbia, que no es primariamente una forma de exaltarse frente a los otros hombres, sino a una postura ante Dios. Este carácter de criatura, inherente al hombre, es lo que afirma ante todo la humildad y es lo que, en la práctica, la soberbia niega y destruye.

Parece evidente, por lo que hemos dicho, que la humildad es una virtud fundamental para el desarrollo de la fe. Humildad es andar en verdad; soberbia es andar en mentira.

La humildad es una virtud que los padres pueden y deben desarrollar en sus hijos por muchos motivos. Pueden intentar lograr que sus hijos “anden en verdad” a un nivel exclusivamente natural o pueden estar buscando inconcientemente la negación del hijo para no tener que contrastar su valor con la propia humildad. Pero este último sería un caso patológico que no nos interesa en este momento.

La humildad sirve para la vida natural y sobrenatural. La disposición verdadera para la fe es el reconocimiento de todo lo que tiene carácter de rectitud natural, de amor a la verdad, de apertura ante lo noble, justo y bello, que se encuentra en la vida humana. Para decirlo con pocas palabras, la disposición del hombre para la fe, en el orden natural, es la humildad.

Hay muchos autores ascéticos que han escrito sobre el tema de la humildad. En varios casos llegan a distinguir una serie de grados en su desarrollo. Nos podría ayudar, quizás, considerar la clásica distinción hecha por un hombre célebre, dice: “Un tipo de humildad es la humildad suficiente, otro, la abundante, y otro, la superabundante”. La suficiente consiste en someterse al que es superior a uno, imponerse al que es igual a uno; la abundante consiste en someterse al que es igual a uno y no imponerse al que es menor; la superabundante consiste en someterse al que es menor a uno mismo.

Si consideramos estos tipos de humildad, relacionándolas con la vida de familia y con la educación en general, podremos llegar a una serie de consecuencias respecto a la educación de los hijos en esta virtud. En este grado, el hombre se somete a Dios, reconociendo su superioridad, y a la vez, obedece a las autoridades competentes en los distintos aspectos de la vida. Además, intenta cumplir su deber fielmente, y cuando consigue hacerlo, a veces excita la vanagloria de un acto “tan bien hecho”.

Desde el punto de vista de la educación, habría que pensar en la posibilidad de que este grado coincidiese con la capacidad real de los niños pequeños. Parece evidente que la natural humildad del niño (es tan claro que sabe menos, que sabe hacer menos, que hace las cosas peor que las personas mayores), podría traducirse en un miedo a Dios y en un miedo a la vida en general; y el miedo no es base adecuada para el desarrollo del amor. Con el niño pequeño no es necesario destacar su inferioridad por falta de desarrollo. Se trata, más bien, de informarle sobre lo que hace bien y lo que hace mal, con cariño para que llegue a apreciar su realidad objetivamente y que llegue a aceptarla. Hasta los siete u ocho años de edad, el niño suele reconocer la necesidad de obedecer a autoridades ajenas aunque pone pruebas para ver en que grado tal obediencia es tan necesaria.

La base de este segundo grado de humildad es reconocer que Dios está presente en cada persona, y por lo tanto, no podemos considerarnos superiores a nadie. Siempre existen cualidades ocultas en las personas. Por otra parte, todo lo que somos es don de Dios. Nuestra misión es esforzarnos para devolverle algo de lo que El nos ha dado. Por este motivo, la persona no llega a imponerse sobre el que es menor, porque no le reconoce como tal. A medida que van pasando los años, más posibilidades tiene la persona de perder su humildad y de llegar a ser soberbia. Existe una multitud de formas sutiles y frecuentes en que la persona puede llegar a la soberbia en relación con los demás; el orgullo de preferir la propia excelencia a la del prójimo; la vanidad en las conversaciones, en los pensamientos y en los gestos, una susceptibilidad casi enfermiza de sentirse ofendido ante palabras y acciones que no significan en modo alguno “un agravio”.

Vamos a considerar algunos de los problemas más frecuentes para lograr este estado de humildad. Para ser humilde, la persona puede contar con la ayuda de otras virtudes muy relacionadas. Concretamente, la modestia, la mansedumbre, y la estudiosidad, la sobriedad, la flexibilidad, etc. Detrás de todas ellas, se encuentra una actuación de acuerdo con criterios rectos y verdaderos. Los padres tienen la misión de ayudar a sus hijos a interiorizar estas reglas que le permitirán actuar correctamente. Por otra parte, habrá que hacer compatible el trabajo bien hecho, que tiene éxito, que produce éxito, o las relaciones con los demás bien llevadas, que también producen una exaltación natural con los demás, y una posible falta de humildad. Aquí lo único que nos puede guiar es la rectitud de intención. Evitar lo estridente, lo poco común, en lo que se pueda. Utilizar los medios normales sin exageraciones y luego aprender y rectificar la intención cuando se introduce alguna desviación.

Y una última palabra sobre los hijos que no suelen fracasar, porque son inteligentes, buenos estudiantes, buenos compañeros, buenos deportistas, etc.; es importante que toda persona tenga la posibilidad de cumplir bien y saber que ha cumplido. Pero también es importante que la persona aprenda a reconocer que no siempre actúa bien, que no es imprescindible, que tiene los dones que posee porque Dios ha querido que fuera así. Con estos jóvenes habrá que buscar el modo de que lleguen a vivir pequeños fracasos y, desde luego, exigirles de acuerdo con sus posibilidades. Solamente cuando se capte la insuficiencia personal real, es posible alcanzar el grado más alto de la humildad. El hombre verdaderamente humilde, únicamente lo puede ser por amor de Dios, sino, tendrá poco sentido someterse a la voluntad de Dios, agradecerle su bondad continuamente, o aprender de la propia miseria. Pero, a su vez, se captará la grandeza de ser hijo de Dios.

En esta vida el creyente necesita humildad. La disposición humana del edificio sobrenatural, que se apoya en la fe, se encuentra en la humildad. “Reconoce tus propias insuficiencias, tus cualidades y capacidades y aprovéchalas para obrar bien sin llamar la atención ni requerir el aplauso ajeno”.

Por A. y A.

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