Sed pues vosotros perfectos ( Mateo 5:48 )

La vida laboral exige con urgencia de cada uno de nosotros un perfeccionismo cada vez mayor. Sin embargo, no nos hace siquiera la más mínima exigencia espiritual, quedando esta actividad circunscrita a la religión, cada vez más relegada. La vida competitiva nos obliga a emplear gran cantidad de tiempo en superarnos en la actividad de nuestra competencia, acicateados también por el deseo personal de que en esa actividad logremos incentivar la avaricia, la crueldad y la ambición desmedida, etc. Como fuere, hay detalladas normas educativas acerca de cómo podemos avanzar de un estado de ignorancia a otro de conocimiento, de un estado de torpeza a otro de habilidad.

Para las almas sumergidas en los quehaceres humanos, el llamado a la perfección que nos hace el apóstol Pablo nos alerta del camino temporal que seguimos y nos enfrenta con nuestra conciencia. No se trata de que todos abandonemos las cosas del mundo sino de que entreguemos al mundo lo que es del “César y a Dios lo que es Dios”.

Este llamado que podría asombrar a algunos no es nuevo para el Hombre: dijo Satanás en el Jardín del Edén: “…seréis como dioses…” (Gén. 3:5; Gén 6:9; Gén. 17:1; Núm.32:11).

Para nosotros no es asunto de ser sabios como Dios, ni tampoco de ser justos a la par suya, sino de imitar su modelo de perfección; sólo imitación, pues jamás, ni siquiera lo supongamos, llegaremos a su estado. (1 Reyes 8:61; 1 Reyes 11: 4, 5).

Así como el Hijo de Dios fue perfecto en su vida mortal, sus seguidores también deben ser perfectos; no con la perfección divina de la cual estamos muy lejos, no la perfección absoluta que ella es propiedad de Dios, sino perfección suficiente, no relativa, para el cumplimiento de la finalidad del Creador con respecto a la raza humana, en esta “oleada de vida, en esta esfera planetaria”, para lo cual nos entregó leyes que preservan y perfeccionan.

Jesús, se hizo carne, “habitó entre nosotros” y compartió el sentir del hombre para enseñarnos y guiarnos; tomó nuestra naturaleza y venció para que nosotros, tomando la suya, también venciéramos al pecado. Su carácter ha de ser también el nuestro. Cristo nos da por la fe que tenemos en Él, los dones suficientes para que alcancemos la gloria del Padre (Romanos 12:2). “Hemos de ser perfectos como nuestro Padre que está en los cielos es perfecto”: este mandamiento es, al mismo tiempo, una promesa. El plan de redención contempla la total regeneración de nuestra propia caída en poder de Satanás. Las tentaciones no deben considerarse como una excusa para un acto erróneo, ni la debilidad de la carne como una dispensación, no las hay para el pecado. Un alma sana, una vida de imitación a semejanza de la de Cristo es el camino hacia nuestra redención, pues Cristo separa del pecado al siervo arrepentido (Stgo. 1:17,25). Él ha hecho que el Espíritu Santo fuera impartido a toda alma arrepentida y ha abierto para nosotros la puerta de su Reino. Cristo nos enseñó cómo adorar a Dios para que podamos ir a Él en su nombre y, en debido tiempo, recibir de su plenitud. Porque si guardamos sus mandamientos, recibiremos la coheredad de su Reino, y seremos glorificados en Él como Él lo es en el Padre. Nadie recibe su parte de la plenitud, a menos que guarde sus mandamientos. (Col. 1:28 ) Todos quienes estamos en el sendero de la devoción, del conocimiento trascendental y ansiando la perfectibilidad cristiana, pretendemos ser mejores de lo que somos en un momento dado. ¿Basta con ser mejores?, ¿Debemos aspirar a la excelencia?. Sí, debemos hacerlo porque el camino de la perfectibilidad así lo requiere.

¿Cómo podemos obtener la excelencia?.

Para obtener la excelencia debemos ser mejores de lo que hoy somos. Es frecuente, coloquialmente, decir que hay personas buenas para el fútbol, para cocinar, para jugar ajedrez, para tejer, etc., y muchos de nosotros, que practicamos alguna de las tantas actividades que conforman el quehacer del hombre, sabemos que podemos ser mejores en cada una de ellas y posiblemente sobresaliente en alguna.

¿Qué tenemos que hacer para ser mejores?.

1.- Desearlo intensamente. (Acercarnos a Dios para ser receptivos a su Palabra) .

2.- Ejercitarnos en la actividad en que queremos superarnos. (Practicar las virtudes).

3.- Pedir ayuda a quienes saben más que nosotros. (Pedir a Dios lo que necesitemos y buscar ayuda en sus devotos más avanzados).

Haciendo tal, podemos ser mejores en nuestras actividades.

Hasta aquí hablamos de la destreza corporal, pero también podemos mejorar económica, social y espiritualmente si nos lo proponemos firmemente. ¿Cómo hacerlo?. Pues como dijimos:

1.- Deseándolo intensamente. (Salmos 21:2.- El deseo de su corazón le diste, Y no le negaste lo que sus labios pronunciaron).

2.- Fijándonos metas en cuanto lo que queremos tener o donde queramos situarnos. (2 Pedro 3:18.- Mas creced en la gracia y conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A Él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén).

3.- Trabajando, ahorrando, aplicando nuestra voluntad en la acción.

(Trabajando en la obra de Dios; no gastando nuestras energías en pecados; y siendo constantes en la ayuda al prójimo).

Así podemos ser mejores económicamente, así podemos ser mejores social o espiritualmente.

Pero, ¿podemos mejorar aún más en cada una de las cosas o situaciones que nos hemos propuesto? Es decir, ¿podemos ser excelentes? Sí. Este término significa sobresaliente en su clase, lo cual nos señala indirectamente que, por lo menos, tenemos la posibilidad de alcanzar algún grado de eminencia en uno u otro quehacer, si nos esforzamos por lograrla. Sin embargo, ¿es ésta la excelencia por excelencia?.¿Hay una excelencia más alta que la de ser más diestro en nuestros oficios, más acomodados económicamente, más encumbrados socialmente?. De cierto que sí, la hay.

El término excelencia indica la cualidad del ser o de la cosa; aplicado al hombre, denota virtud, por lo tanto, la voz tiene distinción moral en razón de la cual decimos, una excelente madre, un excelente hijo, etc. Entonces debemos distinguir entre el estado material y el estado espiritual del hombre.

La excelencia del cuerpo, que viene siendo la mayor destreza, la armonía en nuestros movimientos, la óptima salud, etc., en razón de ser el cuerpo perecible se subordina al espíritu inmortal. Comprendemos que hay una profunda diferencia de calidad entre ambas excelencias: la del cuerpo y la del espíritu: excelencia perecible, excelencia inmortal. Pero, ¿Hay más que la excelencia?.

Quienes estamos en el sendero que conduce al Reino Celestial hemos elegido bien. No nos hemos dejado confundir por los llamados banales de las formas materiales, la carne y la “energía ilusoria” y hemos preferido renunciar a todo aquello para seguir el camino del espíritu, la senda estrecha de la constante perfección.

¿Podemos ser perfectos?.

La Biblia nos responde imperativamente: “Perfecto serás delante de Jehová tu Dios” (Deut. 18:13). Los pesimistas dicen que el hombre no puede alcanzar la perfección. Satanás los apoya, pues sabe que quitándonos la esperanza, caeremos en la angustia y en la desesperación, de donde él recogerá nuestra alma para esclavizarla. Pero nosotros sabemos, por Cristo, que no sólo podemos ser perfectos, sino que es nuestra obligación como devotos alcanzar ese estado. Si no lo logramos ahora, algún día remoto, en algún lugar, quizás no en la tierra, bajo los designios del Divino Padre, podremos llegar a ser hombres perfectos: mientras tanto, tratemos de adelantar un paso en esa diligencia, esforzándonos por lograr la excelencia espiritual

Sabemos que el hombre no es perfecto pero sí perfectible. Cuando decimos que el hombre puede llegar a ser perfecto, comprobamos diferentes reacciones. Según unos, esto es imposible, para otros es una locura del pensamiento siquiera suponerlo. Mas, si negamos la perfectibilidad del hombre, ¿para qué intentar superarnos?, ¿para qué esforzarnos por lograr la virtud y el conocimiento si el hombre no es perfectible?. ¿Acaso sólo queremos ser mejores sólo para ganar más dinero en nuestro oficio, ojala alcanzar la perfección para ganar muchísima riqueza y poder?. La negación de la perfectibilidad del ser humano nos lleva a evitar todo esfuerzo y por ende a la derrota, a la destrucción, pues nos sumerge en la desesperanza, en el vicio y en el pecado. Es verdad que el hombre no es perfecto en su estado actual, pero apoyado por el Señor, es perfectible, pues, ¿nos daría Jesucristo un mandamiento que fuera imposible de cumplir?. Cuando Él nos da un mandato también nos entrega los medios para que lo cumplamos, esto lo sabe todo cristiano. El medio para lograr tal perfección es el evangelio. Cristo vino al mundo no sólo para expiar los pecados de la humanidad sino también para dar un ejemplo de cómo debemos actuar para lograr la perfección. La meta es llegar a ser como el Divino Padre: “ Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (Mateo 5:48 ) .Para ello se dotó a nuestro espíritu de potencial divino, pues fuimos creados a imagen y semejanza espiritual de Dios, aunque obviamente, con el potencial suficiente para nuestro ascenso. Se nos dio razón, libre albedrío, conciencia y conocimiento espiritual; gracias a éstos y a la mediación de Cristo podemos llegar a ser sin pecado y perfectos. La fidelidad a los mandamientos es la clave del crecimiento espiritual y temporal. Jesucristo nos ha prometido que si somos obedientes a sus mandamientos y si comprendemos al Padre Celestial y aprendemos a adorarlo, podremos dirigirnos a Él en su nombre, y así, en el tiempo que nos corresponda, recibiremos de su plenitud y seremos glorificados en Él, como el Hijo lo es en el Padre. Mientras tanto avanzaremos paso a paso por el sendero que nos conduce a la perfección, pues debe cumplirse en nosotros la ley de la Justicia, no pudiendo recibir lo que aún no merecemos debido a nuestro actual estado kármico. Pero llegará el día en que la plenitud del Padre se volcará a sus hijos merecedores y estos serán dioses creadores y compartirán su gloria. Mientras tanto debemos ir ascendiendo gradualmente hacia la perfección mediante la esforzada práctica de las virtudes.

¿Cómo?.

Primero debemos observarnos internamente y si somos sinceros con nosotros mismos, reconoceremos con pesadumbre que tenemos cientos de defectos: somos como un enjambre de ellos. Pero alegrémonos de que no los tendremos eternamente si nos lo proponemos. No nos preocupemos demasiado de nuestras imperfecciones físicas, que así la divina providencia y nuestros propios actos las han permitido, mostrando también en ellas, Dios, su misericordia y la misteriosa grandeza de su obra. Esas imperfecciones del cuerpo no las podemos remediar, debemos soportarlas con humildad, no con soberbia y utilizarlas para ascender hacia la perfección de nuestro espíritu. Preocupémonos por las cosas del alma que esas sí las podemos componer. Las componemos cuando oramos, cuando nos arrepentimos y le rogamos al Padre que nos de valor y fuerza para ser mejores. También mejoramos cuando obedecemos los mandamientos y vivimos conforme a las enseñanzas evangélicas.

Dios nos ha concedido la conciencia, con ella nos examinaremos profundamente, aunque nos duela encontrar lo que hallemos. Debemos conocer qué imperfecciones nos dominan más frecuentemente y cuáles son las más notorias y fuertes. De ese dolor nacido del reconocimiento de nuestro estado espiritual brotará arrepentimiento por nuestras faltas, arrepentimiento imprescindible para merecer el perdón divino.

No robar, no matar, etc., nos hace ser mejores, pero investiguemos más íntimamente en nosotros. Tal vez encontremos que somos vanidosos o murmuradores o desleales etc., o todo esto junto. Al reconocernos como tales pecadores hemos dado un gran paso, que jamás podrán dar quienes no se percatan de sus defectos ni los que, en su confusión, creen que sus defectos son virtudes, o que están más allá de la moral ordenada por la Palabra de Dios. Pero este reconocimiento no basta: el siguiente paso en el camino de la excelencia, es impedir que esos defectos continúen haciéndonos pecar. Es hora entonces, de pedir a Dios que nos ayude a no ofenderlo más ni a nuestros semejantes ni a nosotros mismos. La oración es un poderoso auxilio que se nos da. Si oramos con sinceridad, arrepentimiento y contrición, Dios oirá atento lo que le pedimos en tanto que nosotros practiquemos las virtudes y nos esforcemos en la eliminación de nuestros defectos. También es práctica de muchos la disciplina de combatir el vicio con la virtud contraria; sí somos vanidosos ejercitemos humildad, sí somos desleales eliminaremos este defecto siendo leales, etc. Esto, al mismo tiempo que controla la manifestación del defecto en el plano físico, genera más voluntad en la persona. Sin embargo hay quienes suponen que el control del defecto sólo atañe a las virtudes formativas de carácter o a aquellas que, aplicadas a lo temporal, logran la consecución de bienes materiales, prescindiendo de la necesidad del alma, y más aún, impidiendo su expresión, menospreciado a los practicantes de religiones por su devoción, la cual asocian a ciega emocionabilidad, cuando no a fanatismo, ignorando con ello el profundo sentido de la fe, desconociendo sus valores semánticos, y situándose pretenciosamente sobre un alto sitial intelectual donde con sus razonamientos presuntuosos, están convencidos que tocan el Empíreo. Es demasiado frecuente encontrar enseñanzas donde se inculca a los estudiantes el control de sus sentimientos para posteriormente eliminarlos indiscriminadamente, sacrificándolos por el intelectualismo, cercenando con ello un puente hacia el alma, pretendiendo, de este modo, hallar la perfección en la impavidez y en la indiferencia, quitándole al hombre las facultades que lo distinguen de los troncos y de las piedras. Debemos eliminar aquellos defectos que gobiernan nuestros sentimientos impidiendo nuestra evolución espiritual. Mutilar nuestras emociones no nos conduce a la perfección. El amor es una emoción que nos será siempre necesaria para el camino de la perfección. Cercenando nuestras capacidades que nos permiten el desarrollo de las virtudes, no llegaremos a la excelencia. Cultivemos nuestras emociones y sentimientos superiores, y oremos, practiquemos las virtudes con nuestra mente puesta en lo divino, en Dios y en su Hijo Redentor, esforzándonos por merecer la gracia de ser liberados de nuestros defectos para así, puros, lograr excelencia y posteriormente, gozar de las delicias espirituales del reino celestial, en parte aquí mismo y plena en la eternidad.

Si pudiera ser, démosle una sorpresa al Divino Padre. Corrijamos nuestros defectos, y cuando lo logremos, digámosle: con el libre albedrío y la voluntad que me diste, hoy eliminé este o este otro defecto. Y así, siendo aquellos males eliminados uno a uno de nosotros, venceremos a Satanás y alcanzaremos el Reino.

La perfección no viene de una vez, sino precepto a precepto, de gracia en gracia como la recibió nuestro Señor Jesucristo. Así también tendremos que ascender de plano inferior a plano superior, para alcanzar la perfección o por lo menos recuperar aquella semejanza con la que fuimos creados por Dios y que en parte perdimos (Gén. 1:26,27). Es aquí, en la tierra donde echamos los cimientos para alcanzar y prepararnos hacia la plenitud mayor.

Hoy debemos ser mejores de lo que fuimos ayer y mañana mejores de lo somos hoy. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto (Colosenses 3:14).

Paz reverencial.

Ramatis Zand.

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