Alguien me espera en la cumbre de una alta montaña con las manos y los pies ensangrentados, mi ascenso es lento y mi alma desespera.
¿Cómo alcanzar aquella cumbre donde se que el agua mansa y el reposo de mi alma aguardan?. ¿Cómo desear con más fuerza el llegar hasta esa cima para poder soportar los tropiezos que me esperan?.
En espasmos de desesperante desaliento, en momentos de angustiosa soledad, alzo el pensamiento hasta la cumbre, ansiando que algo ocurra.
¿Quién soy yo que no encuentro?, ¿Quién soy yo que no me siento?, ¿Soy del tiempo inexistente o del tiempo que presento?.
Prosigo en silencio el ascenso fatigoso, elevando el corazón en oraciones, como si fueran palomas remontadas en sus vuelos, para así alcanzar lo más grande de mi anhelo.
Los guijarros y peñascos que me hieren implacables no se apiadan de las llagas de mi carne, mas no cejo en subir con gran empeño el camino que abre paso a mi consuelo.
Ascendiendo el duro monte que me hiere, veo al fin la luz en la alta cumbre; siento que mi alma se eleva, surgiendo al espacio iluminado, para ser consagrado como antes fuiste tú, que radiante allá me esperas
