Semana Santa – Marzo 2008

 

Cristo ensangrentado, golpeado, vejado y denigrado por el hombre, a pesar de sus dolores, guardaba su amor inmenso hacia toda esta humanidad que, haciendo caso omiso de su sacrificio, sigue el camino del desenfreno, del pecado y la lujuria y todas aquellas cosas que son indignas de los hijos de Dios. Debemos amar y agradecer a aquel que, prendido en un madero, dio hasta su última gota de sangre para salvar a esta humanidad indolente.

Por esto, los hijos de Dios que amamos a este ser, recordando su acto redentor, estamos reunidos para amarle, adorarle y agradecer su sacrificio que hiciera por nosotros. Aunemos nuestras almas para rendir honor a nuestro Salvador y presentémosle un espíritu agradecido lleno de amor para demostrar nuestra gratitud por su sacrificio.

En estos días en que el tiempo es corto, debemos sentir el deseo de buscar la dulzura, la buena compañía de ese ser inolvidable, maravilloso que está prendido a nuestros corazones para darnos la fuerza para seguir adelante entre tanta miseria y maldad. Hoy, dejando atrás las cosas horrendas del mundo, ofrezcamos nuestro corazón a Él, recogiendo nuestra alma dentro de nuestro ser, y allí, en nuestra profunda intimidad, elevemos un altar para el agrado de Dios.

Pidamos su asistencia, cantemos alabanzas y regocijémonos con su resurrección. Disfrutemos de la unidad espiritual y sigamos el consejo de Cristo “Amaos los unos a los otros como a vosotros mismos”.

A y A

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