Todos podemos enseñar la Palabra

Sostener a las personas en sus flaquezas para que no se debiliten o caigan, ayudarlas en sus carencias espirituales, enseñarles lo que hemos aprendido, son deberes esenciales de todo cristiano; la palabra hablada debe ir acompañada del ejemplo personal para que aquella tome fuerza y prenda en los sentimientos de nuestro hermano y prójimo. El ejemplo de una vida armoniosa y de servicio a Dios puede, a veces, más que palabras, estimular a seguir el orden divino, y a participar del plan de salvación. El amor del cristiano por su hermano, el ser humano, se debe expresar en el deseo de que éste también participe de la gloria de Dios. Este es un amoroso deber que el devoto debe compartir con quién duda, con quién flaquea, con quién necesita de la palabra de Dios expresada en las Escrituras Sagradas. No debemos eludir esta obligación, aún cuando supongamos que tenemos un sinfín de incapacidades.

Debemos tener la confianza en que Dios nos asistirá, pues todos los seres humanos tienen derecho a oír el mensaje de Salvación, aún cuando no lo escuchen, pues en esto también ellos ejercen su derecho de aceptarlo o no.

No olvidemos que de entre todas las cosas que los hombres pueden hacer en la tierra, la mayor de ellas es enseñar el camino que conduce al Reino Celestial.

Sólo se requiere de buena voluntad.

Ramatis Zand

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