El viejo tótem

El viejo tótem mira inconmovible con sus ojos ciegos las dan­zas rituales de la tribu. En su madera carcomida por insectos y por los años, está escrita, con símbolos sagrados, la cultura de esos hombres nacientes en la alborada de la historia.

Entre los danzantes y sus gritos guturales, el tótem impasible observa como si ojos pintados quisieran ver más allá de los movi­mientos, más allá de los hombres y de las llamas rituales, un tiem­po convenido que parece jamás llegar.

En su mirada impenetrable se refleja la incertidumbre del hombre que desconoce más allá de lo que el tótem es.

Y le danzan los hombres y le suplican, giran extasiados en prístino sentir, buscando una seña en el rostro tallado en el madero.

¿Es capaz el hombre de guardar en sí todas estas cosas tan desconocidas y tan sabidas?: murmura el viento en el oído sordo.

Silenciosa cae la noche y en sus sombras se arrebozan los danzantes exhaustos; reposan sus cuerpos fatigados, mas, se agi­tan sus almas en sus sueños, buscando respuesta a sus anhelos.

En la móvil lumbre rojiza de las llamas de la hoguera mori­bunda, el viejo tótem parece pestañear somnoliento, como si des­pertase de un largo sueño legendario. Dentro de su cuerpo de madera han quedado cintilando los rituales sagrados, como pe­queñas estrellas presentes, como un corazón invisible, latente. Vi­bran a su alrededor raros magnetismos; son de ancestros invoca­dos. Hay un viento lúgubre, con voces de ultratumba; hay un viento que llora entre los árboles como un fantasma perdido en los bos­ques; hay aires que abren espacios de dimensiones que cruzan vagos cuerpos de difusa esencia. Por vientos y aires llegan las sombras danzantes de espíritus en sus oscuras cabalgaduras de la muerte. Hay negras sombras deslizándose en las sombras, hay negras presencias en la noche negra. Cantan los búhos agoreros.

En la forma luminosa negativa de la luna, heridos los perros y lobos por sus propios aullidos, se dibujan las siluetas de los hom­bres astrales. Entrelazados con los fantasmas de la noche, se unen al ritual de los espíritus: danzan frenéticos al oscuro ritmo hipnotizante de pertinaces tambores, repitiendo negras plegarias que estremecen en lo alto al Hacedor.

Las almas de los vivos y de los muertos, retorciéndose en los aires, al tótem impasible suplican salvación.

¿Cómo podría un trozo de madera dar la redención?

Giran las almas de los vivos y de los muertos en torbellinos suplicantes, danzan en espacios astrales, claman al madero, gi­men, se retuercen, buscan la piedad y la dicha en el tótem tallado por el hombre, sin ver más allá de él, sin siquiera presentir…

Un rayo de luz atraviesa las tinieblas e ilumina los ojos cie­gos del tótem.

¿Cómo podría enviar su propia luz a las almas que no ven más allá de sus ojos? ¿Cómo podría Dios iluminar las almas de los hombres enceguecidos por las sombras, confundidos por falsos maderos?

En los ojos del viejo tótem taladrados por insectos, asoma el Hacedor los fulgurantes rayos de su presencia; purifica los espa­cios, ilumina las sombras, confunde la mente, pasma el cuerpo, sacude la conciencia, remece a los hombres.

Despiertan en la noche los hombres, confundidos, asombra­dos, en la aldea iluminada por la luz que del tótem se difunde. A su pie caen postrados, aterrados, suplicantes; lloran de alegría, gimen de dolor arrepentidos, creyendo en el madero hallar respuesta a su clamor.

Sonríe Dios en lo alto, bendiciendo a los ingenuos danzari­nes y les abre hacia los cielos, el camino redentor.

A. y A.

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