Un cambio espiritual maravilloso

Viendo pasar el tiempo y al hombre sobre esta tierra, el espíritu atento se percata de que la reflexión, la espiritualidad y el amor se han alejado.

Muy pocos son los que verdaderamente entregan su corazón a Dios y muy pocos son los que hacen de su vida una adoración diaria para que Dios, agradado, vuelva sus ojos con misericordia a ellos.

Recordad las esperanzadores palabras de Cristo, que con verdaderas promesas de amor le diera a la humanidad un sentido de vida por la cual valga la pena hacer este esfuerzo de sobrevivir al infierno creado por el hombre y a la injusticia y a las perversiones, y a todas las cosas que se han desatado por la maldad y por poco el juicio que los seres han tenido al alejarse de Dios y no encontrar en si mismos la verdadera esperanza y el verdadero deseo del progreso espiritual.

Por eso hermanos, con todo amor, debemos abrir nuestros corazones en el amor de Cristo, y recordar en cada momento que sus promesas no son vacías, que la estadía celestial es cierta, pues allí nos espera un hogar maravilloso el cual ganaremos si cumplimos plenamente con todas las cosas que amorosamente se nos piden en cada mensaje y en cada reunión, pues, Dios en su gran misericordia quiere ver a su creación salva, quiere ver al hombre trascender el mal, quiere ver al hombre unido, sintiendo esperanza de alcanzar aquella meta que se le propusiera desde el comienzo de los tiempos.

Por eso hermanos, hermanaos los unos a los otros, perdonad las faltas de los demás. Comprended al otro, encontrad en vuestros semejantes aquella chispa maravillosa que Dios pusiera en cada uno de nosotros para que la conciencia, la inteligencia, la voluntad, el amor, estuviesen siempre presentes en el desarrollo de nuestras vidas. Poned esa voluntad férrea, fuerte, para vencer la maledicencia del mundo y salid luminosos a la presencia de nuestro Dios, el cual espera impaciente que nos decidamos a emprender esta azarosa tarea, de la cual estaremos orgullosos cuando venga nuestro amado Cordero a redimir a los justos.

 

En la paz reverencial

 

Por A. y A.

 

Agosto 2008

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