Mirad hacia los cielos

Al ver al mundo emponzoñado en su bajeza y haciendo de Dios una palabra vacía, el hombre desafía todo aquello que Dios creara en un principio para dar gloría a su creación. Esta creación, que con amor rescató el Padre a través de su amado Hijo, dando muestras de sublime compasión, a escupido la cara de Dios, trayendo sangrientas guerras donde la muerte está a cada paso, haciendo el dolor constante donde no hay ya esperanza para aquellos que sufren tal horror.

¡Cuanto sufrimiento, cuanto dolor!


El mundo no sabe de la ira de Dios. Después de tanto hacer, su creación se auto destruye ensañándose en crueldad y destrucción. Por eso amados, clamad a vuestra alma y con vuestro espíritu elevado hacia Dios libraos de estos horrores y atraed a vosotros aún ese amor de Dios, que inagotable e incansable lo derrama sobre los hijos que, obedientes, siguen en su camino no dejando que la seducción de este mundo, que esta en cada esquina y en cada momento, lo destruya. Por eso amados os instamos a una gran reflexión, a aunaros como hermanos, a mirar dentro de vuestro espíritu para que encontréis el verdadero afán de la búsqueda en Cristo Jesús, para que ese amor, un día colgado de un madero, no sea en vano, para que aquellos pocos alcancen el lugar predilecto en donde se encontraran con unos brazos fuertes los cuales darán refugio a todas las almas que han hecho un esfuerzo y han puesto su energía y su voluntad para estrechar los lazos entre Dios y la humanidad fiel. Alimentad vuestro espíritu con el amor incansable, con la comprensión, con la alegría de tener esta promesa. Mirad, ved, la gran manifestación de su amor a vuestro alrededor. El siempre os contesta, atento está su oído a escuchar vuestras oraciones. No mezquinéis vuestro amor a quien dio todo por vosotros. Sed generosos, como él lo es con vosotros. Disfrutad con los dones de la naturaleza, con la belleza del paisaje con la mirada de un niño, mas haced que vuestros ojos no se detengan ante la crueldad y la impudicia que invade al mundo.

Cuando estéis en vuestro lecho y antes de caer en profundo sueño repetid: “Que mi espíritu esté en tus manos ¡Oh Dios! para que no sea desviado de ti”. Esta plegaria deberá ser dicha por todos los hijos fíeles que creen en Cristo, para que cuando Él venga, el espíritu de quien ora, reconozca a su dueño. Agradeced las dádivas que se os ofrecen en cada momento para que estéis protegidos y agradecidos ante los ojos del Creador.

Mirad los cielos, ved, oíd, meditad.

Paz reverencial.

A. y A.

02-05-2004

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