Renovemos nuestros convenios

Con gozo en el corazón, los hombres que adoran a Dios, se reúnen para alabarlo y bendecir su nombre, esperando con fe y esperanza, todas las bondades que de Él emanan a los seres justos que observan las leyes que se dieran en el tiempo de Moisés. Estos mandamientos que se van perdido en el olvido, son la base principal para la salvación del hombre justo. Pocos recuerdan estos principios que son la base principal para un buen vivir, para un buen actuar y para un bien morir. Si el hombre abriera su conciencia y a través de la justicia y la perseverancia hacia los mandatos divinos, y se esmerara en estas cosas, todo sería tan fácil, mas el mundo desenfrenado, erótico, lascivo, ruge como una gran fiera devorando a su paso a todos aquellos que se subyugan con sus lamentos lisonjeros, haciendo que la insatisfacción abrume esas vidas. Y así, haciéndolos presa fácil de su gran carnaval de destrucción y degradación, son llevados a lo más profundo de la perdición.

Por eso tantas veces, majaderamente, hemos hablado de buscar el camino, de atraer aquellas cosas de gran beneficio para el hombre, mas la mayoría mira con desdén esta oferta prodigiosa que se abre para todos aquellos que deseen alcanzar estas promesas que no serán cambiadas, pues Dios es justo, veraz y eternamente conciente de su palabra y su amor por la humanidad. Ahora, cuando el hombre hace sus convenios con Dios, debe cuidar su vida y su actuación ante el mundo y ante Dios, como si fuesen una acción divina que se realiza en cada momento de su vida para poder deslumbrar de alguna manera a este noble, a este consorte que espera por aquellos que le aman, dándoles esta gran y maravillosa oportunidad de una salvación, donde encontrarán vida eterna.

Gocémonos pues en este día, al renovar nuestros convenios y arrepintámonos si es que hemos trasgredido las leyes de Dios. Hagamos un acto de conciencia, pidamos perdón y continuemos adelante con gran fuerza combatiendo con la espada de la justicia y la fe todas las acciones negativas que se puedan cruzar en nuestro camino y que nos pueden hacer tropezar, caer y perdernos en este tiempo final del mundo. Agradezcamos cada día, pidamos perdón por nuestras faltas, traigamos hacia nosotros la dicha de la oración, la comunión con Dios y también cultivemos la esperanza de que todo aquello que se nos dijera antaño sea realidad ahora, en este final de finales. Amorosamente abrazemos al cordero de Dios para que contagiados en su amor estemos confiados hasta el fin de los días.

Paz reverencial,

6 mayo 2007

A. y A.

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