Nuestra actitud para estos tiempos

Todas las épocas son difíciles para las almas en evolución, pero actualmente, son tiempos extremadamente dificultosos para las personas que anhelan la inmortalidad en el amor de Cristo Jesús. Estos anhelos a veces no son auténticos por cuanto no están respaldados por el esfuerzo personal sino sólo por el deseo ilusorio, lo cual lleva a la negligencia, a pensar erróneamente, como por ejemplo, sólo sobre lo bueno que es Dios olvidándonos de su justicia. Muchos piensan que no hay condenación, porque Dios es tan bueno que a nadie va a juzgar para condenación. En apoyo a sus interpretaciones, ellos aducen que la Biblia ha sido muy manipulada y que no hay tal castigo para el trasgresor, porque Dios es amor. Dicen a grandes voces, ¡Dios es amor!, pero ni siquiera musitan, “También es justicia”.

Es verdad que la Biblia ha sido innumerables veces alterada y que se han hecho de ella varias versiones escritas por manos humanas, al parecer por personas tan celosas de ver publicada pronto la obra de su ingenio que no alcanzaron a leer el versículo 22:18,19 de Apocalipsis. Recordémoslos: “Yo testifico a todo aquel que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él plagas que están escritas en este libro”. “Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro”. Estos versículos no se refieren sólo a Apocalipsis; si la Biblia es la palabra de Dios, sí lo es, y por Él está inspirada, ¿quién o quienes se atreven a enmendar las cosas de Dios para su propio provecho?

Si no hubiere premios y castigos ¿para qué los mandamientos y las bienaventuranzas?, ¿para qué la ley? ¿Para qué la Biblia? Es curioso, por decir lo menos, que los que dicen que la Biblia está manipulada, ellos mismos también la manipulan al enseñar que no hay castigos por las malas obras pues, dicen ellos, repito, Dios es bueno y a todos perdonará. (¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mí, para justificarte a ti? Job 40:8)

Pero la palabra de Dios es poderosa y conserva la directriz de sus mandatos y sus normas morales en toda la extensión del texto, para iluminar y guiar al hombre justo, ayudado por el Espíritu Santo. El conocimiento de toda ciencia proviene de Dios y el da entendimiento a la persona que es “como un niño”, sincera, inocente, ansiosa de su amor y de las maravillas de su creación y de la vida futura. Los que no son “como niños”, quedan encerrados tras los barrotes de su intelectualidad, razones humanas y pareceres egoicos, sintiéndose libres en su oscura cárcel mental.

Al leer las Escrituras, aprendemos que desde el comienzo, cuando Adán y Eva transgreden, el castigo por la mala acción es la consecuencia de ésta. El tema del castigo se expone tanto en el A.T., como en el N.T., y se manifiesta propiamente en las palabras de Jesús: en la parábola del trigo y la cizaña y entre otras, en la del horno donde los malos arderán como paja seca. El propio Apocalipsis declara el término de la guerra entre el bien y el mal, una guerra que empezó en el cielo… como ustedes saben. Y no solamente la Biblia se refiere a los pecadores, sino que también a los tibios los cuales “los vomitaré de mi boca”. (Apoc. 3:16)

Los que creemos en el justo juicio de Dios, que por supuesto lo aplica con la clemencia de su amor, podemos considerar, entre otras, algunas actitudes que nos pueden auxiliar en estos tiempos para ganar su justicia, las cuales prácticas también pueden enriquecernos en cuanto a nuestra conducta personal habitual y además, para estar preparados en el momento de presentarnos ante el tribunal de Dios.

Primero: una vida devota; segundo, escudriñar las Sagradas Escrituras pues la fe y el conocimiento de Dios nos llega por oír y leer su Palabra; tercero, vivir cotidianamente el evangelio, haciendo práctica su enseñanza, y finalmente, alabar el nombre de Dios y de su Hijo, testificando de su gloria.

Cuando hablamos de vida devota, hablamos también de oración, de arrepentimiento y demostración sincera (a Dios) de pesar por haberlo ofendido, para que seamos justificados por nuestra contrición, pues el pago por las ofensas en las que fuimos malhechores, es con dolor moral, dolor espiritual; no otro dolor. Debemos estudiar diligentemente las Sagradas Escrituras, para fortalecer nuestra fe, porque la fe viene por el oír y leer la palabra escrita de Dios viviendo en comunión con el espíritu, lo que significa que debemos reproducir en nuestro carácter el influjo del espíritu crístico por medio de la imitación de Jesús, para la gloria de Dios. Así debemos enfrentar el tiempo difícil; y en cuanto a vivir diariamente el evangelio, esto nos hará dignos de presentarnos ante Dios todopoderoso y ante nuestro amado Salvador. Y finalmente, testificar para la gloria de Dios, es trabajar a favor del Plan de Salvación, para que, cumpliendo con los propósitos del Padre y del Hijo, pueda redimirse, aunque sea en parte, la mayor de sus obras; el Hombre.

El amor de Dios por el Hombre en su estado actual dejará paso a su clemente justicia para separar el trigo de la cizaña. (Mateo 7:23 Y entonces os declaré: nunca os conocí, apartaos de mi, hacedores de maldad).

Lo escrito en Eclesiastés 12:13,14, es importantísimo, porque Dios repasa la vida de todo ser viviente, para determinar su galardón o recompensa, sea para salvación, sea para condenación. “El fin de todo discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre”, “Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala”.

En algún momento se cambiará del estado de muerte al de resurrección para vida eterna; se abrirá el libro de pecados y el libro del amor. Un ángel nos llevará y nos presentará ante el tribunal y se abrirá a la vista de todos mostrando lo que hicimos. Si queremos evitarnos más vergüenza, y más dolor suframos ahora voluntariamente en un acto de reconocimiento de nuestras faltas, el sincero pesar por haber ofendido a Dios y al prójimo: pidamos perdón, sintamos profundamente nuestra contrición y enmendémonos, para que ese dolor nos lleve al perdón.

Hoy nos encontramos semejantes a los días de Noé. La Biblia nos recuerda que la venida del Hijo del Hombre será como los días de Noé. El predicó hasta que se le ordenó subir al arca; un ángel selló la puerta. Al momento del diluvio la gente pidió socorro, sus parientes gritaban por ayuda. Noé quería abrir la puerta, pero no podía ya que había un ángel que lo impedía; lo que Dios cierra, el hombre no puede abrir y viceversa.

En nuestro tiempo, el Señor quiere que estemos concientes para que aún en esta época de adversidad crezcamos espiritualmente, quiere que lo sigamos por amor, para que seamos firmes pilares que sostengan a los heridos espirituales que lo busquen con fervor, para que en las tribulaciones, dolores y tragedias podamos servir, para que no haya quien tenga motivos para culpar a Dios y darle vuelta la espalda injustamente, para que todos los que han sido perseverantes hasta el final obtengan su galardón.

Recordemos la parábola de las diez vírgenes, cinco prudentes y cinco insensatas. Hay que estar preparados para cualquier instante. Esta es la actitud para este tiempo, un estado de atención permanente para, como nos aconseja Apocalipsis, aguantar lo que hemos logrado con tanto esfuerzo, no en cuanto a bienes materiales, sino que en cuanto a virtudes y dominio propio, al control de si mismos para ser dueños de nuestros actos, y así no dar entrada al enemigo de Dios en nuestro pensar y sentir.

¿Recuerdan al siervo prudente? Cuando el Señor venga, ¿quién será el siervo fiel y prudente a quien Él lo encuentre trabajando?, ¿trabajando en qué?; arando el terreno duro o fértil para sembrar la semilla de su divina palabra.

También se dijo que de dos mujeres en un molino una será tomada y la otra dejada. ¿Cuál será tomada? Será tomada la que esté trabajando. ¿Trabajando en qué? En su espíritu, fomentado sus virtudes, lavando las vestiduras de su alma. Será dejada aquella que no esté trabajando en sí misma, la que no reparte el pan y el agua divina a hambrientos y sedientos.

La misericordia del Señor no alcanza para que deje pasar como inocente al culpable. No hay quien escape de la ley. Cuando no hay conocimiento del evangelio la conciencia de la persona es la encargada de discernir entre lo bueno y lo malo, de manera que no hay motivos de excusas. “Porque cuando los gentiles que no tienen ley hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan la ley, son ley para sí mismos”, “mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Romanos 2:14,15).

Tenemos que prepararnos para servir mejor al prójimo y para la Iglesia de Cristo, dar el pan de vida y el agua que apaga la sed a quien tengamos oportunidad. Nuestra clara actitud es de rechazo al anticristo y sus secuaces (de ahora y de antaño): “Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchísimos anticristos; por eso conocemos que es el último tiempo.”, “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros” (1 Juan 2:18,19).

Si queremos ser invitados a la cena celestial, debemos revisar nuestras actitudes, para enmendar, rectificar y purificar. Debemos corresponder al amor que Dios nos tiene llevando una vida conforme a sus deseos, sintiendo también por Él, además de amor, temor reverente, pues es un Padre celoso y justo.

“El que no es conmigo, contra mi es; y el que conmigo no recoge, desparrama” (Mateo 12:30).

Ramatis Zand

2 respuestas a Nuestra actitud para estos tiempos

    • luzdelalma dice:

      Estamos muy contentos de que este artículo le haya gustado y le invitamos a seguir visitándonos en esta página para acceder a otros artículos que le puedan ser de utilidad para su crecimiento espiritual.

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