Hacer días dulces y fructíferos

Como el pueblo de Dios salió de Babilonia, así deben salir los justos de la maldad del mundo, haciendo que su mente esté libre de malos pensamientos y cosas indeseables. Mirando atrás, muchas veces fueron llamados al arrepentimiento y a volver al camino de la justicia y de la rectitud, mas estos seres no hicieron caso a las advertencias de Dios, que con amor les llamaba para poder salvar sus almas.

Al caer la hora de la sentencia final, Dios nos hace un llamado para que pongamos todo nuestro empeño en la superación para alcanzar aquellos lugares en donde estaremos a salvo de toda la maldad del mundo. Muchas veces os hemos hablado de la engañosa mente, esta mente que ocupada por nuestro enemigo común, busca en forma muy inteligente el modo de subyugar y disponer de la voluntad de los seres que siguen a Dios, haciendo estragos con sus susurros constantes de maldad y malos pensamientos.

 

Nosotros, queridos hermanos, que estamos en este camino de amor, debemos barrer nuestra casa de toda idea inmunda, de toda idea injusta, de toda idea mordaz de la cual nos podamos arrepentir, porque sabemos que muchas veces un mal pensamiento trae desgracias hacia el que lo crea, tanto como para el afectado. Clamemos al cielo por justicia y perdón y hagamos de nuestros días algo dulce y fructífero en el espíritu de Dios, que espera anhelante esa decisión de la cual nosotros sois dueños, y debemos hacer caso omiso de esas voces mal intencionadas que quieren descarriarnos.

 

Os instamos a profundizar las enseñanzas, a afirmar vuestras convicciones para que tengáis un claro porvenir donde no haya dudas, donde no hayan temores y tampoco hayan cosas que os perjudiquen. Buscando en nuestro interior veremos al alcance de nuestra mano, las quimeras hermosas de aquel amor que espera, para entregar aquel abrazo fraterno y aquella dicha infinita que sólo se encuentra cuando hemos recorrido el camino, sin transgredir las leyes que Dios nos diera en un comienzo, para que nuestra vida tuviera algún sentido. Sirvamos a Dios, vivamos sus principios, seamos ejemplos para otros, y esperad la recompensa; recompensa de abundancia en amor en felicidad y en riquezas cuando no defraudamos a nuestro Padre que está en los cielos.

 

Seamos temerosos con ese Dios que está en los cielos, pues Él tiene el poder y la gloria de hacer y deshacer todo cuanto ha creado. Saquemos de nuestros corazones todo indicio de malas intenciones, de malos sentimientos, de envidia y de rencor y pongamos en su lugar las virtudes sagradas, el amor en Cristo de la sabiduría y de la inteligencia que, como regalo, Dios le ha dado a la humanidad para poder entender sus propósitos. Esperamos que todos vosotros os regocijéis en la verdad del amor de Dios y os dejamos con humildad con el amor de siempre Paz reverencial.

 

1.-10.-6

 

A. y A.

 

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