Nuestro lado desconocido

Todos entendemos la parábola de la paja en el ojo ajeno y la viga en el nuestro (Mateo 7:1-6,” 1»No juzguéis, para que no seáis juzgados, 2porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que medís se os medirá. 3¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? 4¿O cómo dirás a tu hermano: “Déjame sacar la paja de tu ojo”, cuando tienes la viga en el tuyo? 5¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano. 6»No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen y se vuelvan y os despedacen.” Lucas 6:41, “41»¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? 42¿O cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, déjame sacar la paja que está en tu ojo”, no mirando tú la viga que está en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo y entonces verás bien para sacar la paja que está en el ojo de tu hermano.”) Hasta tal punto es conocida que alguien podría incomodarse si le preguntásemos si la entiende, tal vez respondería con cierto enfado ¿Cómo cree Ud. que no entiendo eso? ¿Acaso no sé que Juan Pérez critica a José y no se da cuenta de que tiene más defectos que aquél? El hablante se ha excluido. Es posible que piense que esta parábola no lo toca, sin embargo cree y afirma que la entiende.

Sin embargo, ¿Cuántos la aplican a si mismos? En algunos casos la respuesta negativa no es por mala disposición o porque no se quiera, sino porque hay un lado desconocido dentro de nosotros mismos, donde aún no ha llegado la luz de la conciencia, un lado oscuro que devora nuestras buenas intenciones, un lado que no conocemos, aunque entendemos que lo tenemos, pues hemos oído muchas veces hablar del subconsciente.

Una manera de ir entendiendo este lado desconocido es considerar, por un parte, que tenemos un yo ilusorio formado por la falsa idea que nos hemos forjado sobre nosotros mismos, por ejemplo, nos creemos sabios pero somos ignorantes; y por otra parte, el yo aparente que es ese aspecto nuestro con el cual nos relacionamos con los demás. Aparente porque en muchas ocasiones nos presentamos ante los demás con máscaras diferentes, el ejemplo queda claro con el adulador. Ambos estados se unen en lo que llamamos personalidad egoica pues están formados en su mayor parte por vicios y defectos morales. Se opone a estos, el ser real que podemos entenderlo como nuestra parte que lucha por acrecentar sus virtudes, que se esfuerza en mantener la dignidad espiritual y anhela con vehemencia alcanzar los brazos de nuestro Amado Dios. Este ser real está en crecimiento y lucha constante contra la personalidad egoica, en aquellos que buscan a Dios, y que al despojarse de todo defecto, de todo pecado, de todo vicio moral, llega al estado de ser puro, un hombre perfecto.

En muchos casos, nuestro yo ilusorio no acepta, siquiera, el pensamiento de que pudiéramos tener manchas en nuestro modo de ser. Pero el buen consejo, aunque nos duela, nos dice que todos somos pecadores (1 Juan 1:8, “8Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros.”). Pero el consuelo y la esperanza para todo pecador que así se reconozca es que sabrá o sabe que es un ser perfectible (Rom 5:8-11, “8Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. 9Con mucha más razón, habiendo sido ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira, 10porque, si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida., 11Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.”) Además comprenderá que todo el objeto del conocimiento de sí mismo es hacernos más conscientes. Esto no es novedad, ya saben muchos de ustedes, que en el dintel del templo en Micenas se esculpió en piedra “Conoceté a ti mismo y serás como los dioses”. Come de esta fruta del conocimiento y serás como los dioses, dijo la Serpiente a Eva.

Cuando se tienen muchas cosas en uno mismo que no se conocen porque somos inconscientes de ellas, o que no se aceptan debido a la personalidad egoica, esas cosas que no controlamos complican nuestra vida y la de los demás provocando toda suerte de situaciones que podrían ser evitadas mediante el conocimiento y el control de sí. Porque no basta conocer, sino que dominar. (2 Timoteo1:7 “7Pretenden ser doctores de la Ley, cuando no entienden ni lo que hablan ni lo que afirman.”; 2 Pedro 1:6 “6al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad”) Hay muchas personas que están concientes de que son iracundas, y de entre ellas mismas algunas reconocen y declaran que tienen mal genio, (hasta con orgullo) pero no dominan su ira y pueden provocar desde simples rencillas familiares hasta guerras. La idea es reconocer el propio defecto y eliminarlo, y reemplazarlo por virtudes.

La parábola de la paja en el ojo ajeno nos representa que proyectamos parte de ese lado oscuro de nosotros mismos a otras personas, haya en ellas o no, alguna similitud con el defecto que atribuimos. Las vemos como si fueran embusteras, desleales, mezquinas, traidoras y muchos etcéteras, comparadas, por supuesto, con nuestras cualidades superiores por las cuales nos creemos dignos de criticar al más santo y sabio de los hombres, aunque apenas sepamos leer o aunque nuestra devoción sea pobre, pero ricos en engreimiento espiritual.

El ser humano está inclinado a reconocer defectos en otros, más no si mismo.

Nos desconocemos. Vivimos en una parte muy pequeña de nosotros mismos, como en la punta de un iceberg, el resto de cada individuo está sumergido en un abismo desconocido y así opinan muchos investigadores y también nosotros, que sólo usamos una minúscula parte de nuestro cerebro.

¿Cuánto usamos de nuestra alma? Significa lo anterior que nuestra conciencia se extiende sólo a una parte muy reducida de nosotros mismos. Pero esta relativa pequeña conciencia no determina necesariamente que nuestras relaciones con los otros, con la vida, con nosotros mismos y sobre todo con Dios, sean mezquinas, aquello depende de la calidad de nuestro ser, de cómo hemos educado nuestra conciencia sirviéndonos de nuestro libre albedrío.

La idea de la Enseñanza no es sólo la de ampliar nuestra conciencia, que para muchos es el medio con que expresa el alma, sino previamente, de educarla, informándola de principios necesarios para un mejor nivel de ser. Es preciso llegar a ser mucho más conscientes de nosotros mismos mediante una directa observación de si y dominio propio de tal modo que todos las imágenes de nosotros mismos que nos hemos hecho, ilusión tras ilusión, sean quemadas y empecemos a vivir una vida corregida (1 Pedro 1:14;16, “14Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia, 15sino, así como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir, 16porque escrito está: «Sed santos, porque yo soy santo»”.)

Por regla general sepamos que cuando nos desavenimos con alguien podemos tener la certeza de que el origen de tal situación, está enraizado en nosotros; es preciso arrancarlo de sí para que aquella desavenencia no sea semilla de la que broten desajustes en nuestros propósitos y alteren nuestro carácter. Lo que se critica tanto en otros es algo que se agazapa en el lado oscuro de uno mismo y que no se conoce o no se quiere reconocer dentro de uno. Sólo se ve ese lado oscuro y desconocido de uno mismo, reflejado de tal modo en otra persona que ésta siempre tiene la culpa y no nosotros. (Santiago 5:9, “9Hermanos, no os quejéis unos contra otros, para que no seáis condenados; el Juez ya está delante de la puerta.”)

Todas las personas vivimos con una conciencia muy reducida en nuestros pequeños mundos de reacciones personales egoicas, y ese pequeño espacio en que vivimos está repleto de toda clase de susceptibilidades. Vivimos en esa pequeña parte de sí mismos en la cual la conciencia está confinada a una reducida zona del todo psíquica, disgregándose paulatinamente por la acción de las imágenes que nos hacemos de nosotros mismos, de las opiniones fijas, de las actitudes negativas, o de lo que muchos llaman carácter firme no siendo más, en muchos casos, que tozudez; y en general por vicios o defectos morales.

Cuando estamos en tal condición, el lado oscuro de nosotros mismos avanza y devora nuestro ser, pero cuando sucede lo contrario, cuando llevamos luz a ese lado oscuro mediante la observación de sí sostenida por principios morales religiosos, nuestra conciencia, cualquier nivel planetario que haya alcanzado, crece mediante ese conocimiento, y al cabo de algún tiempo empezamos a sentirnos diferentes de lo que acostumbrábamos. Nos vamos desligando del yo ilusorio y del yo aparente a los que rendimos pleitesía como a soberanos, por cuanto somos sus esclavos, y al que servimos sin condiciones, leales hasta la infamia, y que no es en absoluto nosotros mismos, sino vicios y defectos que podemos abandonar. Pongamos un ejemplo: un fumador empedernido supone que el cigarrillo forma parte de si al extremo no de imaginarse siquiera vivir sin él, pero si deja de fumar verá que sigue siendo él mismo y mejor pues ya no tiene esa dependencia, ha dejado de ser esclavo, está libre; sí con otros vicios y defectos más sutiles. Si abandonados estos apegos inexorablemente descubriremos entonces que no somos lo que creíamos ser, que ha surgido desde nuestro interior una persona nueva que se percata de que a medida que ese ente ilusorio se desvanece, cambia sus relaciones con su entorno. En lugar de vivir en el estrecho mundo de los prejuicios, de las cambiantes simpatías y antipatías, del te amo – te odio, del yo y del mi, debido a la sucesión creciente de expansiones de conciencia, descubrimos nuevas formas de comprensión, macro y microcósmicas, en sentido humano, por supuesto, y ante nuevas y más amplias percepciones, sentimos la necesidad de servir al prójimo y no a estar en su contra, porque vamos entendiendo cual es la finalidad de nuestra vida y cual es el propósito de Dios para sus criaturas. Esto llega a ocurrir debido al crecimiento de la conciencia, no sólo por el esfuerzo continuo de la auto-observación crítica sino, especialmente, a esos sólidos ladrillos con que construimos nuestro templo interior, las virtudes y las normas morales.

Por todo aquello, el ramillete mal oliente de nuestras bajas sensaciones, malos propósitos, pasiones, mentiras, engaños, concupiscencia, de nuestros dramas ilusorios y reales, de tanta incapacidad de levantarnos firmes de donde hemos caído, del odio al prójimo, de las críticas a los otros, comienza este ramillete involutivo a marchitarse. Ya la persona no refuerza sus propias imágenes ilusorias de acuerdo a sus falsedades. Ya no se cree ni piensa más en sí misma de esa forma tan exclusiva, sino que empieza a percatarse de sus tantas limitaciones y al mismo tiempo de las buenas cualidades, a veces heroicas de otras personas y de sus méritos logrados con tantos esfuerzos. También llega a conmoverse del sufrimiento de tanta gente de modo que puede soportar las limitaciones de otras personas y amarlas por lo que son, Hijos de Dios. Y llegamos al punto en que el amor al prójimo como a uno mismo, debe ser obra pronta, lo cual también implica el soportar, por consiguiente, las expresiones y modos desagradables de unos y de otros.

Pero es imposible soportar, tolerar o aguantar las expresiones desagradables los unos o de los otros a no ser que reconozcamos nuestras actitudes indeseadas y las controlemos. ¿Cómo podríamos amar si guardamos rencor, si tenemos envidia, celos, odio, si sentimos antipatía, etc.? Reconocer de corazón nuestras faltas y carencias, destruye las ilusiones de bondad y de amor que esmeradamente hemos supuesto en nosotros mismos, a veces de tanto sumarnos al clamor mecánico mundial de aquello que llama amor. A menos de rechazar el lado que censura y juzga, a veces tan lapidariamente que se puede hacer perder la honra de alguien, este ser estará siempre pronto a involucionar (Mateo 7:2,3, “2porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que medís se os medirá. 3¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?”). Esa negatividad, esa sensibilidad de reacciones personales puntillosas, rodeada de esa oscuridad de uno mismo que no se conoce o no se quiere reconocer, abre puertas que nos alejan de la vida conciente. Esas reacciones que exacerban la sensibilidad de nuestros defectos nos inadaptan a la vida, y en el caso del tema de este artículo, deforman nuestras relaciones con el prójimo y esto puede hacernos desdichados a todo lo largo de nuestra vida si es que tenemos en alguna oportunidad la capacidad de sentir la voz de nuestra conciencia, si no, nada nos hará resentir de nuestras malas actitudes, y en este caso estaremos en gran peligro a no ser que nos corrijamos por medio de un trabajo consciente sobre sí.

Nuestros egos se sentirán muy satisfechos de tener  trastornada a cada momento nuestra débil conciencia y reirán a carcajadas al vernos que careceremos de energía para enfrentarlos, energía por supuesto que ellos aprovechan para robustecerse; el ambicioso no está satisfecho con lo que tiene, ambiciona más, el ladrón quiere robar más etc. A menos que enfrentemos ese lado oscuro reconociéndolo conscientemente y dándonos cuenta que todo lo que censuramos en los otros se encuentra en nosotros mismos, seremos títeres de nuestros egos. Por eso es necesario hacer énfasis en la eliminación del “Yo ilusorio” en el que tantos vivimos. Yo ilusorio estrechamente vinculado, como dijimos, a nuestra falsa personalidad, esa máscara con la que nos presentamos ante los demás. Mientras el yo ilusorio vive en nuestro interior, la personalidad aparente es aquel aspecto con el cual nos enfrentamos al mundo exterior.

Uno podría preguntarse si actúa desde el fondo de si con sinceridad o se cubre con el barniz de lo que quiera aparentar ante el otro. Si un hombre mediante la enseñanza y práctica se observa objetivamente a sí mismo, y advierte en qué momento salta la crítica y la censura a otros, esto como un ejemplo de entre muchos, lo atribuirá a algo que  aún no ha eliminado y desde entonces tendrá reacciones más equilibradas y será capaz de avanzar en el desarrollo interior.

Tantas angustias y ansiedades se desvanecen, tantas crisis, tantas rencillas se evitan reconociendo las propias faltas, tantas reconciliaciones pueden lograrse. Basta ser más concientes de nuestros estados subjetivos, frenarlos cuando son impropios, dominarlos, despojarlos de su fuerza y entregar amor y bien. Este es un camino para lograr la serenidad.

Quien no sacrifica sus bestias en el fuego encendido de su altar interior, si lo atacan con cualquier dicho o acto, se defiende furiosamente, recurre a su arsenal de auto justificaciones de todo lo cual resultan disculpas, que como sabemos suelen resaltar la falta; o la bestia que en él habita saca sus garras y ataca ferozmente.

Desde luego todos tenemos defectos (Rom 3:22;23 “22la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él, porque no hay diferencia, 23por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”, Sal 106:6 “6Pecamos nosotros, como nuestros padres; hicimos maldad, cometimos impiedad”; Juan 1:29 “29Al siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: «¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!; Juan 8:7 “7Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: —El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”) y jamás los eliminaremos si nos asociamos a ellos, o somos sus cómplices y los ayudamos a ocultarse en nuestro lado oscuro, si nos defendemos y justificamos de cualquier manera para mantener viva la personalidad egoica.

Pero supongamos que alguien logre algo más de conciencia, si le acusan de tener algún defecto, no reaccionará puntillosamente, dándose por ofendido ni atacado por otras personas, porque sabe que posee aquel defecto que le imputan. Por lo tanto aceptará las críticas como ayudas, sin embargo, no aceptaremos esas ayudas si somos orgullos, altivos, pendencieros etc. Mas, cuidado, si el contradictor pretende humillar o herir todos tenemos derecho  a la defensa sabia. Debemos comprender que debemos humillarnos sólo ante Dios y ser tolerantes con los hombres. (Santiago 4:10, “10Humillaos delante del Señor y él os exaltará”)

Con un poco de sincera auto observación comprobaremos que no somos lo que creemos ser, esto es, por ejemplo, veraces, moderados, etc. El reconocimiento de nuestra realidad psíquica neutralizará la imagen que tenemos de si mismos y este será un punto de avance. Alguno podrá percatarse que no es lo creía ser, que es nadie, que no tiene nada porque no tiene lo que creía tener. Puede ocurrir entonces que sienta deseos de poseer algo propio, sólido y firme. Buscará establecer fronteras en sus zonas psíquicas, convirtiéndose en un buscador incansable revoloteando alrededor de doctrinas pintorescas o exóticas, o lo contrario, colocará principios morales en aquellas. Si esto hace ya no dirá soy justo, soy bueno, sino que quiero ser justo, quiero ser bueno, porque su conciencia, le recordará las ocasiones en que fue lo que ahora no quiere ser, por esto en lugar de ser un ente ilusorio sentirá que es nada respecto de esa cualidad o virtud de la cual tanto se enorgullecía. Aprenderá, en otras palabras, a no confiar en la idea que tiene de sí mismo. (Jeremías 17:9, 9 “Engañoso es el corazón, más que todas las cosas, y perverso;¿quién lo conocerá?”) aprenderá que es dudoso el corazón de los hombres, aún el propio. Aprenderá que no hay expansión de conciencia si carece de moral, la cual es como el rayo de luz que ilumina a la conciencia y la guía en su camino hacia el lado desconocido de nosotros mismos, abriendo espacios luminosos; que suaviza nuestro carácter; que elimina o disminuye nuestros defectos porque nos da normas claras y no nos deja a merced de nosotros mismos, improvisando normas para vivir entre los demás. Ahora podrá ver a otro como uno se ve a sí mismo, con amor, no con odio ni agresividad. Notará que es capaz de advertir los defectos en las otras personas con serenidad y sin contagiarse, notará, en fin, que ha cambiado, y que tiene alguna experiencia real y verdadera para ayudar al prójimo, por cuanto conoce, porque lo tuvo, el vicio moral que afecta a otras personas.

En este punto debemos recordar que si desea ayudar a alguien es preciso sentirse en un nivel inferior al de las otras personas (Gal. 5:13 “13Vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros, Ef. 6:7 “7Servid de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres”; Rom 9;12 “12cuando Dios le dijo a Rebeca: «El mayor servirá al menor».”). Pero si contrariamente a esto, se da ayuda y se hace caridad desde la imagen ilusoria y de la máscara con que nos presentamos a los demás, esa ayuda o caridad se convierten en satisfacciones egoicas, porque provienen de propósitos falsos, de la personalidad egoica y entonces los defectos que se ocultan tras esa caridad podrán inflamarse más. Esta idea de la propia virtud es falsa, aunque alguien  pueda sentirse ligado a Dios no será esto sino, en muchos casos, más que otra de sus ilusiones.

Pero si nos aceptamos tal como somos, como seres en evolución espiritual, esto es perfectibles, reconociendo lo que somos ahora, como punto de partida para nuestra Práctica de sí mismos, entonces distinguiremos gradualmente aquellos elementos indeseados que debemos eliminar. Quien lo haga no se identificará más como lo hacía y llegará a ser más conciente de sí mismo y de las nuevas circunstancias que se le presenten, comenzará a ver al mundo sin el “velo de la ilusión”, y no se dejará atrapar por la “energía ilusoria”.

Su presente propia estimación mantenida por las falsas imágenes formadas de si mismo, ha sido debilitada, y se ha entrado en un mundo más extenso de conciencia. Pero no se debe creer que su lado oscuro sea “malo”, lo es solamente para el “Yo ilusorio” que está insuflado de fantasías que la persona se ha forjado de si mismo. Ese “Yo ilusorio”, esa ensoñación de lo que uno cree ser, alimentado de falsedades puede llegar a ser fuerte, pero si es destruido por la realidad de lo que uno es, empezará a desvanecerse y en tal momento y condición la conciencia aumentará y la persona dejará de ser lo que supone que es y se acercará un poco hacia el “Yo Real”. Por lo que su lado oscuro no es “malo” sino que está ocupado por entidades indeseables, los vicios, los defectos. Depende de cada interesado proyectarse en el interior dando luz a sus oscuridades.

Enseñanza y Práctica están dirigidas contra la personalidad egoica con la cual cada uno de nosotros se enfrenta durante la vida llevando consigo la lucha entre el bien y el mal también en su espacio interior. Enseñanza y Práctica se proponen destruir el poder del “Yo ilusorio”, pero al principio de la lucha todo cuanto amenaza al “Yo Ilusorio” parece malo, pues este yo ilusorio se defiende, no quiere ser atacado, no quiere ser aniquilado. Pero debemos insistir aunque al comienzo suframos el “síndrome de abstinencia” (Hebreos 11:25, “15pues si hubieran estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver.”) No hay que desmayar aun cuando la labor sobre sí mismo es a veces agotadora, y pareciera inútil. (1 Pedro 5:8, “8Sed sobrios y velad, porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar.”) Cada cual tiene sus propias dificultades pues propios son sus defectos. La Enseñanza y la Practica no reducen las dificultades, todo lo contrario nos hacen comprender que el camino de la perfectibilidad es difícil, sino toda la humanidad estaría salva en un mundo mejor. No ver vigas ni pajas en el ojo ajeno, sino que hallar en los otros la ocasión de servir a Dios, cuyas criaturas somos y así cada uno será ayuda para el otro. Debemos eliminar de nosotros la serpiente tentadora que muerde y devora corazones cuando el ser incauto obedece a su odio y rencor. Hemos de trabajar teniéndonos en cuenta los unos a los otros y no esperar el mañana para hacerlo. No se piden acciones heroicas, sino a cada uno según sus fuerzas y capacidades. A medida que avanzamos y nos enriquecemos con dones y virtudes podremos dar más. Los seres humanos no tenemos mucho que dar, pero lo poco debemos darlo con amor. Jesús que todo lo tiene en sobre sobreabundancia pudo darlo todo por la humanidad, incluso su vida.

Debemos reconocer que es nuestra culpa y no del otro nuestros estados negativos, sea cual fuere la situación. El que haya despertado un poco de conciencia y aspire a ser un devoto servidor de Dios deberá descubrirse a si mismo y tener presente que debe modificar sus relaciones con Dios, consigo mismo, con los hombres, con los animales y la naturaleza.

Ramatis Zand

3 respuestas a Nuestro lado desconocido

  1. Carmen dice:

    Muchas gracias, por este mensaje.
    tal como se indica olvidamos con mucha frecuencia que somos seres imperfectos y nos es más fácil criticar al hermano antes de detenernos a pensar como está nuestro interior.
    Esta lectura, al igual que las demás publicadas me ayudan a meditar sobre mi misma, y a mantener vivo el sentimiento de la esperanza y la promesa de nuestro Señor Jesucristo.

    Carmen

  2. Cata dice:

    Gracias maestro.

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