Al pequeño pueblo de Dios

Al reunirnos hoy, privadamente, cada cual en oración diaria, para celebrar los convenios con el Cordero de Dios, en gozo y espíritu, regocijados por esta resurrección que da la oportunidad al hombre correcto, al hombre que busca a Dios, de encontrar su verdadero destino, haced que valga la pena todas aquellas cosas que con tanto sacrificio se han ido dando en este camino para que el hombre recapacite y busque la verdadera luz que habita en sus corazones.

Démosle hoy el verdadero valor a aquellas hazañas que los ángeles y arcángeles han hecho por la humanidad y esperamos que esta luz tenga esa fuerza de Dios mismo para acabar con la batalla sangrienta de la devoradora oscuridad que asola dolorosamente esta tierra.

Pequeño pueblo de Dios, alzad vuestros corazones para que la justicia, la paz y la salvación sean para la humanidad que en justicia camina, sendero abierto y luminoso, para volver a esa tierra purificada para nosotros, el pueblo de Dios, para que no halla engaño, para que nada de lo que nos rodee nos dañe; no hagáis caso a los infieles que pretenden perturbaros.

Hagamos que nuestro espíritu sea fuerte y guerrero, no seamos como aquellos que necesitan ver prodigios para poder creer en Dios. No seamos como el avaro que necesita ver sus riquezas para sentirse seguro. Pisemos fuerte en este camino que no tiembla, en este camino que es luz, que es esperanza, donde está Cristo, donde están todos los seres, que iluminados, han llegado a ese Paraíso Celestial donde se nos espera para acogernos.

Sabemos con certeza que hay incertidumbre de palabras en algunos, en los que tiembla la fe, mas, este es el momento de conciliaros, tomaos firme de la mano fuerte del guerrero del espíritu, nuestro Señor Jesucristo. Cuidémonos, pues, en la oscuridad surgirán bestias que devorarán y pondrán sus huevos dentro de los humanos para proliferar y devorar a todo aquel que empeñado busca la fatuidad y el desenfreno.

Cuidémonos de quienes nos rodean, pues tratarán de sacarnos de nuestro camino. Ha llegado la hora; estemos preparados, confiemos en Dios; es hora de cambios, de encontrarnos a nosotros mismos, mirando de frente a este Cordero que ensangrentado un día, dio su vida por nosotros, y que ahora resurge de la gran luz que es el señor Dios todopoderoso y que hasta el fin de los días estará con nosotros para protegernos y salvar nuestras almas de la devoradora presencia infernal que habita en el mundo.

Rogamos con humildad que el Espíritu de Dios esté con nosotros.

En la paz reverencial.

A. y A.

2002-03-31

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