El camino del triunfo

Ante el estado desastroso en que vive hoy el mundo, a veces, por tanto dolor y sobre todo por  mucho sufrimiento  que no representa avance espiritual, el justo también se lamenta en tanto que  la espera parece interminable.  A veces, se siente angustia de vivir en el caos y miedo ante las circunstancias que nadie ya controla a pesar de hermosos discursos y buenas intenciones… muchas de ellas aparentes.

La delincuencia encuentra su dominación en la indulgencia de la sociedad.

Jesús dijo: “… en este mundo tendréis aflicción…” (Juan 16:33) lo  cual constatamos por las habituales injusticias, las degradantes diferencias sociales y económicas, el abuso del poder, las tragedias que se sufren tan frecuentemente y los desastres planetarios que  afligen a tantos seres. Todo el mundo habla de esto, sin embargo, las cosas permanecen como están o agravándose. La impotencia abraza el corazón de muchos y se clama por la justicia de Dios.

Esto hace justamente que hoy sea un tiempo de desafíos para el alma que lucha por su salvación, por abrir una brecha de luz en este mundo oscurecido por  Satanás,  en el cual tantos que fueron justos caen entrampados. El desafío de mantener en alto los baluartes morales señalados por Cristo Jesús; el desafío de mantener su doctrina en medio de tantas confusiones intelectuales y de falsos profetas  que sólo buscan satisfacer sus goces fruitivos  (Marcos 13:6); el desafío diario de vivir en concordancia con todo lo que Cristo ganó para nosotros,  «…Pero confiad, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33).  Significa esto que, aún en medio de las dificultades, venceremos si actuamos cumpliendo  todas las normas cristianas; no actuando por nuestra cuenta, sino  inclinando la cabeza con humildad ante Dios y obedeciendo su Palabra. Sabemos que  un día la voluntad final de Dios sobre la tierra será cumplida, como ahora se cumple. Mientras aquello sucede, la confianza  en  Cristo Jesús exalta nuestro espíritu y el desafío inflama el pecho de ardor entusiasta, porque aunque haya aquí en la tierra unos pocos cristianos, Satanás no podrá decir que ha vencido al mundo.

Hablando en lenguaje de estos tiempos, los cristianos nos parecemos a un gran grupo de guerrilleros (espirituales), acosados en nuestros bastiones por el grande y horrible ejército de Satanás, en lugares desde donde cada cristiano debe luchar por si mismo para mantener su vida espiritual y no caer en la segunda muerte tan ansiada por el enemigo de nuestra alma.

El desafío es grande, la recompensa infinita.

Y ante esta esperanza cierta nos sostiene la alegría de saber y sentir que estamos participando de la Gran Obra del Señor y que estamos siendo incluidos en la victoria final,  si perseveramos hasta el final. Dios nos necesita  como necesitó a sus apóstoles para ir a predicar el evangelio al mundo, Dios nos necesita para que consolemos al prójimo, demos ayuda, auxiliemos a los enfermos y a los desamparados. Nos necesita para que mostremos al mundo lo que hace su misericordia con el alma arrepentida, nos necesita para que mostremos al mundo el milagro de nuestra propia conversión, nos necesita para que en este actual mar de materialismo nos esforcemos por alcanzar las virtudes cristianas. Todo quien se interese puede participar en esta gran obra, que no es exclusividad de ningún hombre, sino de Dios. Y en este plan, todos los hombres de buena voluntad deben trabajar unidas sus manos  para  quitar  los obstáculos que estorben la  realidad que el cristiano espera y para lo cual tenemos los medios  perfectos  para vivir, que es  la voluntad de Cristo Jesús, en esta hora final de la historia.

¿Cómo no seguir este llamado del Dios de todos con humildad? Dejad los celos religiosos, la vanidad, la fatuidad mística, dejad de creeros únicos, elegidos especiales  y enfrentad la propia  condición con mesura y realismo, para que vuestro basamento sea sobre roca no sobre ilusorias arenas.

Ahora es el tiempo de sacar provecho diario y a cada momento para nuestro espíritu, de ejercitarnos en las virtudes tan acosadas hoy en día, pero tan presentes para el espíritu dispuesto a ganar los mejores galardones “…porque separados de mí, nada podéis hacer”( Juan 15:5). Vivir en Cristo es vivir a semejanza  de la vida de Dios. Ningún ser humano puede conseguir este sublime privilegio sólo  por el esfuerzo de sí mismo o de  doctrinas  humanas sino   sólo por medio de  la verdad, que es  la Palabra de Dios, ante la cual  cada uno de nosotros es responsable en la suficiencia de nuestro afán de superarnos para actuar mejor. Cada cristiano debería manifestar  con su palabra y su ejemplo, que no está dispuesto a ceder terreno  de su alma, que es  campo de batalla, a su enemigo; que es posible vivir no solamente en paz y alegría, sino con posibilidades expectantes de crecer espiritualmente en estos momentos  en que la gran humanidad se sumerge atrapada en el vacío oscuro.

Todavía es posible y necesario vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, y no  darle la espalda, porque aún en este mundo semejante a infierno, podemos encontrar un oasis de felicidad en la palabra de Dios  y beber de esas aguas frescas de consuelo  y vida eterna.

Y es esta felicidad encontrada  la que nos invita a expresar al mundo la vida más hermosa y emocionante de servir a Dios Padre y su Hijo Amado, nuestro Señor y Rey.  Y así, mientras el mundo se destruye y la muerte domina, para muchos la verdadera  vida comienza, el futuro se inicia.

¿Podríamos ser desagradecidos?. Si agradecemos las simples y comunes cosas que nos dan los hombres, ¿cómo no agradecer, incluso con nuestra vida, como los mártires, esta dádiva de Jesús de dar su vida para que nosotros pudiésemos resucitar de la muerte espiritual en que nos sumergíamos; muchos sin  presentirlo siquiera?

¿Cómo no sentirse amado por quién a tanto precio despertó  nuestro amor?

¿Cómo entonces no levantar en alto los estandartes de la victoria, el amor, el perdón, la justicia, la tolerancia, y todas las virtudes cristianas, cómo entonces no vivir diariamente el regocijo de estar en Cristo Jesús y llevar sus pabellones, benignamente, sin acosos ni compulsiones   hasta los más oscuros rincones? (Colosenses 3:12 “Vestíos pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia”). ¿Cómo no alegrarnos de saber que en cualquier lugar se levantan nuevos devotos de Dios, descogiendo su alma como  pétalos de una flor sagrada?

Jesús dio su vida por salvar al mundo.

¿Qué  hacemos,  qué haremos nosotros?

Ramatis Zand

4 respuestas a El camino del triunfo

  1. Carmen dice:

    Despues de leer este hermoso mensaje, solo me resta dar infinitas gracias por el.

    Carmen

  2. jorge dice:

    aúnque a pasado el tiempo, tengo la certeza de que la verdad que se enúncia en esta página produce en mi un respaldo espiritual que toca mi sentimiento de agradecimiento a Dios,que me impulsa a seguirlo y amarlo atravez de su hijo Jesùs. Gracias.

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