Moral de Dios, moral relativa

Las leyes morales de nuestro Creador son eternas e inmutables, primero las imprimió en el corazón de todos los hombres y después las grabó en piedra. Aquellos diez mandamientos que ordenaban y regulaban los actos de los hombres fueron ampliados por nuestro misericordioso Jesús quien los elevó al plano espiritual; de un orden social regulado por el primer mandamiento, los llevó a un orden espiritual, a través de la mente, por lo cual no sólo no se debía  pecar de acto sino, además, ni siquiera con el pensamiento. La mente, donde toda emoción, sentimiento y pensamiento se alteran, se confunden, se corrompen dañando al cuerpo y contaminando el alma de defectos y de vicios haciéndola caer en abominación, debería ser controlada de manera que la persona venciese su lado oscuro y obtuviese dominio propio y se abandonase al amor de Dios y a la práctica de las virtudes.

Y con esto Cristo, sin quitar ni una tilde a la Ley Mosaica, hizo otro corte con ella.

La ley humana y el orden social regulan los actos humanos. La justicia y el amor Dios van más lejos, ejercen también en aquella parte invisible del hombre para la cual, en general, no hay leyes humanas; el pensamiento, el sentimiento, la emoción, sobre estos se aplica la justicia de Dios entendida aquí como la conformidad de la conducta del que se adapta a la norma divina. El acto es evidente, el pensamiento muchas veces queda sumido en lo oculto; sólo se descubre cuando se traduce en acto, no así para Dios.

Siendo que el pensamiento es el que impulsa a la acción, a él debemos estar atentos para controlarlo, y por consiguiente controlar nuestros actos, y así actuar conscientemente, pues quienes quieran gozar del reinado incorruptible, no pecar con el pensamiento permite ser aceptado en el mundo de la pureza, donde todo acto sentimiento y pensamiento es pulcro, inmaculado.

Muchas moradas tiene el Señor.

Esto por supuesto es una sugerencia para el devoto que cree y ama a Dios y que ansía la vida espiritual. Los seguidores entusiastas de las leyes morales relativas, donde el bien y el mal quedan a su humano criterio, o mejor dicho al capricho de sus defectos; los que se oponen a la existencia de Dios, o que incluso desafían la existencia de este ser magnífico, o los que simplemente no creen en Él sin mayores reflexiones, aunque todos estos puedan negar que deban rendirle cuentas, la ley divina no deja de existir; como no dejaban de existir las galaxias cuando, hasta hace pocos años, los hombres creían que lo que veían sus ojos era todo el universo. O como dijo aquel astrónomo famoso “y sin embargo se mueve” (a pesar de que los poderosos y sabios  negaban la realidad).

Ningún ser humano está exento de las consecuencias de sus actos, sea justo o malvado. Todo ser tendrá que someterse al justo y necesario juicio de Dios, en el cual su justicia es la expresión de su gran amor por el Hombre. Y otra muestra de ese gran amor es la opción que nos da ahora  del don del arrepentimiento. Por lo tanto, no debemos esperar el castigo para percatarnos de la responsabilidad que debemos por nuestra mala acción, nuestro arrepentimiento podría ser tardío. La misericordia del Señor nos llama a arrepentimiento ahora y ahora a enmendar nuestros actos, ahora que por su gran amor aún tenemos tiempo, después puede ser inútil porque tal vez nos arrepintamos cuando ya no es hora de perdón, sino de justicia. De aquí que el condenado, de arrepentimiento tardío, cumpliendo sentencia dolorosa y queriendo escapar del tormento no podrá evadir el cumplimiento de la ley; habrá mucho dolor sin esperanza después del juicio, cuando la sentencia deba ser cumplida y se cumpla.

Tengamos presente, lo que muchos olvidan, que Dios también es justicia suprema. Mas el hombre no busca tanto el deber del cumplimiento de la ley, que cuesta el esfuerzo de vencerse a sí mismo, derrotando la propia naturaleza humana herida de muerte por Satanás, sino que espera gratuitamente la piedad y la misericordia divina; espera que Dios le dé amor, porque Dios es “bueno”, porque “Dios es amor”, aún cuando este mismo hombre no se haya justificado ante Él.

El arrepentimiento, que también nos alerta de lo que debemos evitar, es producto de la razón, de la reflexión, del darse cuenta, de la aplicación sobre uno mismo de la ley de Dios, esta intelectualidad debe dar paso a lo que realmente consigue el perdón que es la contrición, el sincero y profundo dolor por haber ofendido a Dios, siendo el pecador contrario a sus propósitos divinos; a sí mismo, por haber mal administrado las aptitudes y capacidades con que fuera dotado, y al prójimo por inducirlo o someterlo al pecado,  y por dañar a los animales y a la naturaleza.

Sólo a base de este arrepentimiento y de esta contrición, que es dolor espiritual, y enmendando radicalmente nuestros actos y nuestros pensamientos de manera que no volvamos a cometer faltas, menos aún las mismas, podemos aspirar al goce del pleno amor de Dios, todavía en este infierno creado por el hombre, y si lo mereciéramos en el reino celestial.

El resto es sólo discurso.

Ilusión.

Ramatis Zand

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