Después del Abismo

Callaron las trompetas celestiales
que abrieron los abismos terribles
de los cielos y la tierra condenada;
vacías quedaron vertidas las copas
de las pestes, de las hambres derramadas.

Cesó la lucha allá en los cielos
y el dragón de color de fuego
fue sólo un recuerdo sumergido
en los dorados reinos venideros.

Fue derrotada por siglos eternos
la bestia horrenda que fue y no fue
y que no obstante estuvo presente
en los días de los últimos tiempos,
el nombre de Cristo prevaleció.

Fue abatida la bestia salvaje de dos cuernos
y la imagen viva de engañosa habla
de la bestia horrible que surgió del mar,
que sedujo a los hombres en el mal de cada cual,
en las aguas ardientes del deseo derramado,
el nombre de Cristo prevaleció.

Se desvanecieron en los aires y en los tiempos
los lamentos, los gritos, los llantos de dolor,
las negras blasfemias de los hombres arrojados
cual horrendas, sangrientas, humanas cataratas
en hambrientos abismos abiertos en la tierra.

Se cerraron las profundas simas sepulcrales
sobre millares de inicuos condenados
para siempre en sus males atrapados
Se sellaron.

Se apagaron los fuegos purificadores
que quemaron la carne de los hombres
que libraron al planeta de sus males;
que a pocos sus almas redimieron.

Enmudeció la feroz bravura del planeta,
callaron los mares su bramar, los vientos de rugir
se aquietaron tempestades, lluvias y granizos
la tierra y los aires, las aguas y los fuegos.

Una nueva luna brillará en noches nuevas,
y en el lento girar de los siglos venideros
dos soles guiarán con sus luces los planetas
en un nuevo cielo de pureza constelado.

Sobre el silencio tendido quietamente
más allá de verdes y azules aires cristalinos,
en telúricos espacios de dioses y maestros
el fragor de yunques y llamas creadoras.

Allá distribuyen los futuros continentes,
allá alzan fuertes cadenas de montañas,
allí alzan en los cielos las aves infinitas
en el lento pasar de la edad purificante.

En los nuevos continentes preparados
en geológicas edades atareadas,
un nuevo hombre, una mujer nueva,
repitiendo ciclos lejanos de la historia
serán un día exacto, justamente colocados
en diversas floras, en distintas faunas del planeta,
como antaño, en las amplias eras perecidas
de las cinco razas de hombres del pasado.

Tendrán conocimiento mas no herramientas,
serán recolectores y pondrán nombres nuevos
a las nuevas plantas; y serán cazadores
y pondrán nombres a los nuevos animales;
descubrirán pronto el fuego en sus cavernas,
bailarán sagradas danzas rituales a los dioses
allende en nuevos cielos, y en ansias de sí mismos
descubrirán los metales y el pasado.

Allá en la lejanía de los tiempos avisados,
en las riberas de los siglos del futuro,
en los nuevos valles, en las nuevas colinas
del renovado feraz cuerpo del planeta,
al ver tus ojos esas montañas llenas de vida
y los mares y los cielos encantados
buscarás en sus entrañas memoria del pasado.

Curiosos los hombres en sus ciencias y en sus artes,
hallarán sutiles vestigios misteriosos
de los hombres caídos, perdidos en abismos,
señales de hombres en luces redimidos.
Quizás encuentren huesos, quizás los míos, los tuyos
en la oscuridad profunda de la tierra;
quizás, milenario ignorante de ti mismo,
seas quien descubra y observe sus propias osamentas
sin comprender jamás los ocasos perdidos,
sin reconocer las abiertas fauces de la tierra,
los profundos abismos, las bestias del mal,
el rechinar de dientes, la hora del Gran Juicio,
las llamas, el azufre, la ignorancia y la soberbia.

Ramatis Zand

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