Las garzas blancas

A aquel solitario viejo árbol citadino,
indiferente al paso del hombre
llega la blancura de las garzas
a marcar su albura en el crepúsculo rosáceo.

Con blancos graznidos
descienden al añoso árbol
y se amalgaman los verdes
al alado encanto de las garzas.

Camina la gente dormida
sin percatarse que en lo alto,
en el negror de la noche
lucen puras las almas de las garzas.

Con rosados y azules graznidos,
cortando el silencio nocturno
elevan plegarias inadvertidas
al cautivo de este mundo.

Las almas de quienes sí las escuchan
tiemblan por las estridentes voces
cual suplicas al vasto cielo
por tanta agonía en las sombras.

El alma apercibida siente
las filosas voces cual plegarias
implorando por amor y vida,
agonizantes.

Como esas garzas en el árbol citadino
el hombre al retorcerse en dolido esfuerzo
por ir más allá de sus cadenas
encuentra en ellas el deseo de volar.

Y con voces y ruegos de su espíritu
va poniendo en sus alas la blancura
hasta alcanzar ese cielo tan deseado
cuando el ser ha cumplido y ha pagado.

Ramatis Zand

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