Soldados de Cristo

Satanás quiere destruirnos a todos los cristianos, sabe que somos poderosos y que si reaccionamos como nos corresponde hacerlo, él no será completamente dueño del mundo ni de todas las almas; sabe que somos sus enemigos pues defendemos la soberanía universal de Dios. Hoy él ha crecido con la energía malvada de la humanidad y sigue creciendo más y más, al mismo tiempo, también aumenta su hambre por devorar las almas de las mismas personas que lo alimentan con sus maldades.

Satanás cobra, al igual que en el caso de Fausto, el pago por sus favores.

Envueltos en el tráfago de las urgencias de la vida, a veces no tomamos con la debida intensidad nuestra relación con Dios, con la agrupación en donde nos encontramos para servirle o con el prójimo, aún los más cercanos, etc.

Ahora el devoto sabe que el mundo está en grave peligro espiritual, se percata de que las posibilidades de caer han aumentado hasta hacer de este tiempo un continuo peligro gravísimo. Ante esta peligrosa situación, reconocida por denominaciones cristianas, debemos poner un detente a nuestras fallas y defectos, robustecer nuestra voluntad, nuestra perseverancia y protegernos con el Amor de Dios y el amor que podamos irradiar al prójimo.

En algunos casos el amor es motivo de perplejidad para algunos ante quienes se presenta como algo confuso, como una palabra sin mayor significado comprensible para ellos, como algo vago, indeterminado, una nebulosa de sentimientos entremezclados donde se reúnen más o menos en las mismas proporciones diversos sentimientos tampoco claros.

En estos tiempos de Kali-yuga la palabra amor se relaciona cada vez más con lujuria.

Si nos queremos apartar de esa idea y no entendemos qué es el amor o cómo debemos amar comencemos respetando a las personas, no haciéndolas sufrir por razón alguna, teniendo consideración con todos o por lo menos, siendo bien educados con ellas; esto último como la mínima expresión de buena relación con el prójimo. Pero no podremos amar si somos egoístas, ambiciosos, lujuriosos, es decir si no podemos desprendernos de nuestros defectos; si estamos tan identificados con nuestro yo, tan materializados con nosotros mismos, que no percibimos o no nos importa el yo del otro. Debemos entender que para ser mejores nosotros mismos debemos amar al prójimo; si decimos que amamos a Dios y no amamos al prójimo somos siervos hipócritas. Dios quiere que todos seamos partes activas (y humildes) en su Plan de Salvación, quiere que todos nos ayudemos a progresar espiritualmente para que muchos puedan regresar a la morada celestial. Por lo tanto, para ser dignos de compartir el privilegio de laborar en el Plan de Salvación debemos justificar nuestro currículum vitae espiritual con el cual presentamos nuestra postulación.

Esa justificación se lleva a cabo al eliminar nuestros defectos al mismo tiempo que debemos ir creando amor dentro de nosotros para, poco a poco, ir subiendo de un grado de amor a otro grado de amor mayor, de manera que en un momento fluya como un manantial de poderosa energía con la cual podamos servir a nuestro prójimo según nuestra competencia.
Si nos decimos que somos soldados de Jesús debemos recordar que lo somos no para desfilar por los templos luciendo nuestras condecoraciones sino para luchar, primero dentro de nosotros mismos dando muerte a los secuaces de Satanás y después contra él mismo cuya acción se manifiesta en distintas actividades humanas desde donde gobierna la desarmonía. Con su fuerza negativa y engañosa, ataca desde la oscuridad, nos propone pensamientos tentadores, mas no debemos ceder, debemos combatirlo a él y a sus secuaces cuidando nuestros sentimientos, palabras y acciones que nos pueda poner en nuestro corazón y en nuestra mente para dañar a nuestro prójimo. Tenemos que combatirlo fomentando el amor, el cual es la fuerza más poderosa que existe en el universo y ante la cual Satanás cae derrotado.

El buen soldado de Cristo ama sin condiciones ni intereses personales.

El amor deja entrar la luz de Dios en nuestro corazón y con ello no hay malas tendencias ni rincones oscuros.

Debemos estar vigilantes, alertas en el atalaya de nuestra mente, por una parte, para reconocer desde lejos a nuestro enemigo espiritual y, por otra, para actuar con entusiasmo, y buena voluntad hacia el hermano, desarrollando el amor fraternal, buscando la ocasión propicia para ayudarlo con alegría, sinceridad y honradez, sin dobleces.

Y, en estos tiempos dificultosos, vivir alegremente con la conciencia en paz, disfrutando de la  creación de Dios… la que aún no está contaminada completamente por el hombre que también deberá responder ante el tribunal por el daño hecho a este planeta creado de maravillas por el propio amor de Dios para su amada ” imagen y semejanza”.

Ramatis Zand

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